Uno de mis mayores miedos es palmarla con trabajos pendientes. Por ejemplo, esta columna. Alguna vez, cuando he compartido carretera con conductores que circulan haciendo eses, después del escalofrío correspondiente y de acordarme de mis seres queridos, me ha venido a la cabeza un pensamiento: «¿Me queda algo por entregar?». La sensación de dejar un marrón, pensar que alguien se va a cagar en mí, una vez muerto, me provoca casi más embarazo que dejar este mundo.
Estoy seguro de que Javi Cid era como yo. Es más, creo haber hablado de algo parecido en alguna de aquellas noches que nos pegamos cuando éramos chavales. Por eso me alegró tanto cuando supe que habían recuperado el archivo de su última entrevista, hecha precisamente a una leonesa, Carmen Lomana, y que se publicó ayer. Supongo que él estará feliz con la solución.
Yo estoy triste. Javi era un tipazo, un tío divertidísimo que, como decían de Lorca, llenaba una sala cuando entraba. Y cuando suspiraba, porque vaya suspiros. Esos sí que llenaban las salas. Y qué decir de cuando te enzarzabas en una discusión con él, del tema más chorra que uno se pueda imaginar, y te dedicaba una metralleta de insultos llenos de cariño. Pero cariño de verdad.
Javi se nos fue demasiado pronto. Y andamos todos como zombies, dándonos golpes contra las esquinas, sin calcular bien las distancias ni el tamaño de su ausencia. Recordando todas esas noches, sus ocurrencias y su vida excesiva. Como un imán para atraer aventuras con las que luego contar historias. Porque ésa es otra: qué manera de contar, en vivo o en sus textos. Tronchante, avispado, con mucha calle. Con un pie en los palacios de la sofisticación y con el otro en la sordidez de los garitos de travestis navajeras.
Javi era de mi año. Y cuando pasan estas cosas la parte reptiliana de nuestro cerebro tiende al egoísmo, a pensar en que me habría podido pasar a mí. Pero yo prefiero avanzar un par de circunvoluciones en el encéfalo y pensar en él, en cómo le habría gustado vivir los muchos años que deberían quedarle de vida. También pienso que, siendo él un señor marica, me echaría en cara que escribiese una mariconada como ésta, en lugar de enumerar sus múltiples andanzas, como aquella vez que se pilló un melocotón en el concierto de Madonna y… Pero no, no voy a caer en eso. Te jodes, Javi. Prefiero escribir que tu marcha prematura es una buena excusa para, mientras estemos a tiempo, decir «te quiero» a todos esos amigos que pensamos que van a estar ahí para siempre.