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Impaciencia es una palabra demasiado larga

09/11/2025
 Actualizado a 09/11/2025
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Estoy empezando a escribir una novela. Esta es la segunda frase. Tal y como están las cosas, de aquí a la última se me habrá olvidado cómo empezó, lo que quería contar, lo que tuve que callar y hasta cómo pensaba titular. Me esnorto fijo. Como hay que resetearse por las noches para no petar de tanta información, tanto lumbreras vomitando bilis en las redes, tanto soplapollas dando lecciones de dignidad como si la tuviera, se me cruzan las tramas desde la primera línea hasta la última, así que no sé si voy o vengo. Cierro los ojos y sigo pasando vídeos. Scroll del pensamiento. ¿Qué habrá sido de la memoria? La pregunta más inquietante del momento es de Albert Pla: «¿Os acordáis de cuando nos acordábamos de todo?». 

¿Os acordáis de cuando la memoria era el salvavidas de las sociedades, el guardián de la cultura, la mejor forma de no repetir errores? Ahora se ha convertido en un lujo que no está al alcance de cualquiera, como la fruta y el pescado. Se habla mucho de la inflación de los precios y demasiado poco de la inflación de la memoria. Cualquier día nos cobrarán por recordar, como si ocupáramos demasiado espacio en el disco duro comunitario. A veces uno tiene la sensación de que si habla ofende y si calla ofende también, pero si recuerda directamente está provocando.  

Tercer párrafo y ya hace bastante que esto no tiene nada que ver con una novela. Pasa a un ensayo muy poco empírico: ahora que se decreta el inicio de una nueva era con la explosión de la inteligencia artificial, los desconfiados, los conspiranoicos, que cambian de formato pero son los mismos de siempre, alimentan la teoría de que al principio no fue el verbo, sino ChatGPT. Resulta que todos los evangelistas eran el mismo y, lo que es peor: quieren reducir todas las memorias a una misma. El relato estaba viciado desde el principio. Al contrario de lo que pueda parecer, no asistimos al inicio de nada nuevo, sino que estamos ante el desenlace de la historia, cuando el contador descubre por fin sus cartas y le quita la careta al protagonista. Por eso va todo tan rápido y todas las estrellas son fugaces. Lo que pasó hace una hora ya es tan pasado como lo que ocurrió hace siglos, no des la chapa. Antes decían que el sitio más seguro para ocultar un cadáver era la segunda página de Google, porque nadie llegaba a ella, pero ahora ya puedes esconder todos los fardos que quieras a partir del segundo 4 de cualquier vídeo. Ansiedad social. Impaciencia extrema. De hecho, impaciencia es una palabra que empieza a resultar demasiado larga.Nadie soporta ya las películas lentas. Mejor series, siempre frenéticas y que permiten darse atracones. La constante insatisfacción de querer saciarse a todas horas. En los textos, nada de frases subordinadas, que resultan insoportables y llevan a destinos que no le importan ni a tu algoritmo. El algoritmo necesita ritmo. Cada vez nos parecemos un poco más a los viejos que jugaban a las cartas llevando perfectas cuentas de los tantos y los triunfos que iban saliendo pero que no recordaban lo que habían comido. Igual esto acaba siendo un poema tan nostálgico que empalaga. Tranquilidad: haré lo que sea con tal de que esta página no pringue.

Le han declarado la guerra a la memoria. Ya venía mostrando extraños comportamientos que la hacían demasiado imprevisible como para que el poder confiara en ella. Ahí está la Guerra Civil para demostrarlo: los que no quieren recordar son los que la ganaron, como podría parecer contradictorio pero en realidad es lógico porque, en un país con 6.000 fosas y aún más de 100.000 desaparecidos, el paso del tiempo les sigue negando la victoria. Intentan que recordar y odiar parezcan sinónimos. Esta misma semana hemos tenido otras insistentes llamadas al olvido: con sus memorias, el Emérito intenta que se le recuerde por su papel la Transición, ese gran ejercicio de amnesia nacional, y no por sus amantes. Como del último disco de Rosalía, de su libro habla todo el mundo sin tener ni idea porque aún no se ha editado en España, ese país al que ahora quiere volver y del que, en cambio, el novio de Ayuso se quiere marchar. Igual esto se me acaba convirtiendo en letra de canción.Canción protesta, claro.

En los museos, cajas negras de la historia, lo fácil ahora es ser artista y lo complicado es ser conservador. ¿En qué formato guardamos tu última genialidad, Yoko Ono, para tener la garantía de que no pasará a ese limbo de los formatos desfasados, la obsolescencia no programada del relato? Definitivamente le ha robado la palabra relato a la literatura. Pero hay algo que no cambia y que no pueden controlar ni las élites ni la sucesión de revoluciones tecnológicas: un relato se basa en la memoria. Puedes pedirle a ChatGPT que te ponga en el lado bueno de la historia, que diga que fuiste uno de los personajes más destacados de tu tiempo, pero no conseguirás que la gente te recuerde como tú quieres sino como te mereces. Por eso, cuando un político intenta intimidar a un periodista no lo hace porque le preocupen su lenguaje, ni sus críticas, ni sus escandalosos titulares: le preocupa que recuerde y, sobre todo, que haga recordar a los lectores por encima de sus posibilidades. Lo sé bien. Así que luchar contra el olvido selectivo, sectario y partidista sigue siendo el camino por mucho que el mundo cambie, más allá de que esto empezara con ínfulas de novela y, al final, ni novela, ni ensayo, ni guion, ni canción protesta, sino otro puto artículo de opinión.

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