Cuantos ligues proporcionó el dañino y mortal tabaco en unos tiempos en los que había que mantener la distancia pero no para evitar el humo, sino para impedir que el acercamiento se convirtiera en algo no permitido en aquellos años, cuando, según se decía, no eras novio formal. El fumar era más propio de los chicos que de las chicas sobre todo por la calle, ya que, a decir de la sociedad puritana de aquellos momentos, el fumar era cosa de mujeres de mala nota (nunca supe quienes eran los que puntuaban) mientras a los hombre influidos por los ídolos del momento en la pantalla, y como recurso fácil, porque así sabían que hacer con las manos. De ello dieron buena cuenta actores como Humphrey Bogar al cual no le recuerdo sin un pitillo entre los dedos, así como a un incontable número de actores de cine. Es fácil hablar sobre el tabaco, y sus consecuencias, sobre todo por quienes inducidos por ese falso sentido de hombría caímos en sus redes y, a lo mejor, provocamos que otros a nuestro alrededor siguieran el maldito camino sin vuelta atrás. No cabe duda que en aquel entonces cuando salías con una chica, el tabaco era un cómplice que evitaba la vergüenza y el no saber de que hablar en algunos momentos sin que ello, en ningún caso, justifique el daño que producía en nuestro organismo. Es imposible, a los que llevamos unos cuantos años por delante, no recordar esos momentos en que el dar unas chupadas (caladas más coloquialmente) al pitillo, con las consiguientes volutas en forma de espiral, te producía al expulsar el humo. Recuerdo como, sobre todo, cuando eras pequeño y sin ser conciente del daño que te produciría en el futuro, ver regresar a los mozos, ya licenciados del servicio militar destinados en África traer, como algo extraordinario a su padre, unas libras de Gener o Partagas de tabaco cubano en forma de libra de chocolate apretado como un ladrillo. Con el tiempo la costumbre se fue generalizando, y sin prohibición alguna, era el hábito diario, sobre todo mientras se jugaban las partidas de cartas o dominó, las cuales, con la llegada de la prohibición de fumar en lugares cerrados pasaron al olvido, cosa que a la larga fue muy agradecido por quienes no tuvieron el perjudicial vicio . Hoy se entra en un bar o cafetería aspirando el aire limpio y no se explica uno como se pudieron vivir tantos años respirando aquel ambiente sin sopesar el mencionado mal que a la larga iba a reportar.
Ni que decir tiene que en algunos casos el fumar proporcionó situaciones y amores que, si no llega a ser por el tabaco, no se hubieran producido. Yo sufrí los males del mismo pero, a la fuerza, pude salir de ello y seguir viviendo, pero, personas muy cercanas a mi no pudieron. Comentando con un amigo mío que también fue fumador, nos decíamos el uno al otro: si el fumar fuera como el beber agua, y no hiciera mal alguno, yo invertiría la mitad del sueldo en comer, para gastarme el resto en fumar. Lo cual pone de manifiesto la fuerza adictiva que tiene el tabaco. Con todo el afecto yo les diría a los jóvenes y amantes, amar más y fumar menos..