Adentrados como estamos en una época en la que no vamos a poder escapar ni de las encuestas, esa fórmula matemática para adivinar lo que va a pasar que se creen sólo los que salen beneficiados, ni tampoco de las estadísticas, que siempre están ahí para rellenar los numerosos huecos que deja la actualidad durante los meses de verano, no tardaremos en encontrarnos titulares que digan algo así como «Desciende el número de bodas, pero aumenta el número de despedidas de soltero». La ciudad de León, bien sea porque está de moda, porque ahora tiene AVE o simplemente por su ubicación geográfica y la calidad de sus tapas, se ha convertido en uno de los destinos más habituales para este tipo de celebraciones que, por su proliferación, hacen recordar con nostalgia los tiempos en que resultaba gracioso ver a un tipo atado a una farola gritando a los paseantes: «¡Chanquete ha muerto! ¡Vayamos todos a La Dorada!». No cabe en este caso, aunque habrá quién sea capaz de encontrarla, discriminación por razones de sexo, ya que tan lamentable resulta un grupo de chicos zumbando alrededor de un novio vestido de la Abeja Maya como hortera un grupo de chicas disfrazas de diablesas escoltando a una novia vestida de ángel. Omito falos saliendo de frentes y blancanieves peludas por no caer en su juego. Ya hay bares en el Barrio Húmedo que han hecho una nueva versión del cartel más popular de la historia de la hostelería española: «Hoy hace un hermoso día.Verás como aparece una despedida de soltero y lo jode». El resultado es una especie de carnaval eterno, un turismo de desfase cada fin de semana en el que hay que divertirse porque sí, porque hemos venido a hacer el payaso y a que todo el mundo se entere de que estamos aquí, con un pitido inicial para la juerga y un final por inconsciencia que recuerda al de los alemanes en Mallorca. Ya han surgido voces entre la oposición municipal que culpan al alcalde de esta oleada de despedidas, como si él, que bastante tiene con la lista de invitados de su cumpleaños, pudiera hacer algo en contra de lo vomitivo, en todos los sentidos, que se vuelve el ser humano cuando bebe en manada. Menos mal que estos molestos visitantes vocean, mean y cortan el paso de peatones y coches para compadecerse de un amigo que se va a casar y no para honrar a un borracho que santificaron unos viejos poetas, porque entonces el debate entre el respeto y la tradición tendería al infinito. Este año que se mezclan la campaña electoral y las fiestas locales todo parece una gran despedida de soltero en la que nos tenemos que divertir porque ellos lo dicen y desear suerte a quien ya nunca volverá a casa de sus padres... en su caso hasta dentro de otros cuatro años. Hace tiempo, las únicas hordas de jóvenes borrachos que paseaban sus rapados por la ciudad eran los militares del Ferral en su día de permiso, que se empapaban en cachis de cerveza y patatas bravas en La Mejillonera y luego lucían calcetines blancos en Yani’s, con mucho menos dinero que estos nuevos turistas, pero con mucha más educación.
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