Lo dijo Avígamo Anselmo en la presentación del primer libro de rutas de Vicente García: «Con las debidas precauciones, no hay que subestimar la posibilidad de ir a la montaña solo. A veces, por extraño que pueda parecer, es lo más seguro». Acostumbrados a escuchar exactamente lo contrario, una afirmación así, por boca además de quien está habituado a ir al monte para rescatar a excursionistas, hizo que todo el personal abriera los ojos como platos. «Hay algo mucho más peligroso que la montaña, que el clima y que la desorientación, porque en realidad concentra todos esos peligros y los multiplica». En el salón de actos del Casino, las orejas se pinaron tanto que todas parecían las de un pastor alemán. «Son los grupos de Whatsapp». Estalló una carcajada y, después, llegó la explicación: «En los grupos de Whatsapp la gente se apunta igual a una cena que a una ruta por el monte, sin preocuparse de la dificultad o de su propia capacidad, creen que por ir acompañados pueden hacer lo mismo que los demás, pero la montaña no es precisamente como las escaleras de El Corte Inglés y te encuentras con grupos de gente que no tienen nada que ver entre sí, con muy distinta forma física, muy distinta equipación, y alguno cree que puede pasar por donde pasan todos y lo que al final termina pasando es lo que todos sabemos».
Si no como armas de destrucción masiva, algunos grupos de Whatsapp sí que deberían estar tipificados en el Código Penal al menos como armas blancas. Tener tiempo para resultar ingenioso en cada frase y no tener que mirar a los ojos de nadie es cierto que permite decir lo que piensas, pero no garantiza que vayas a pensar lo que dices. La gran red social que ha atrapado incluso a aquellos que más reniegan de las redes sociales tiene el indudable poder de viralizar cualquier información, pero también indudable riesgo de que esa información puede ser o no real. Por grupos de Whatsapp se han llevado a cabo las convocatorias que estos días han sacado los tractores a las calles, con el objetivo de mostrar el hartazgo del sector por muy diversos motivos y el resultado de exhibir públicamente sus contradicciones. La tecnología a menudo no hace más que elevar a enésima potencia los mismos problemas de toda la vida y el de darse la razón más de la cuenta siempre ha sido uno de éstos. No son días de mucha actividad en el campo y hay demasiado tiempo para la tertulia, en el bar o en el grupo de Whatsapp. Pero del mismo modo que en el bar, por lo que sea, no suele estar presente a quien se dirigen todas las culpas de la conversación, tampoco suele ser miembros de los grupos de Whatsapp en los que se le critica.
Conducidos en su mayoría por jóvenes y, por suerte, cada vez más mujeres, con más banderas de España que de León, 600 tractores valorados en unos 70 millones de euros zumbaron incansablemente sus bocinas para mostrar el descontento del campo con sus sindicatos agrarios, que han convocado una tractorada oficial para finales de este mes con idénticas reivindicaciones. Tienen todo el derecho a luchar por lo suyo y a desconfiar de sus representantes, pero si no les gustan quizá sería mejor que eligieran a otros, porque de este modo se convierten en especialmente manipulables y se les termina colando Vox por las rendijas de sus grupos de Whatsapp, por lo que algunos terminan protestando contra el Gobierno de Pedro Sánchez y la amnistía de Puigdemont pese a que las competencias en agricultura también dependen de la Junta, donde gobierna el PP casi desde que se inventó, y en la consejería en cuestión directamente Vox, partido que en su día votó en contra de la Ley de la Cadena Alimentaria que ahora quieren que se cumpla. No lo parece porque no se manifiestan a las puertas de los grandes supermercados ni de los grandes distribuidores, sino por las calles de las ciudades, lo que afecta a gentes que nada pueden hacer por su batalla, sea justa o no, y, en cambio, corren el riesgo de que se abra un debate con preguntas que no les interesan: que alguien les recuerde que tienen más motivos de lamento los ganaderos, relegados a un segundo plano en la protestas, y que son un sector muy privilegiado, el más subvencionado, el que suele repartir pero sólo las pérdidas, al que sólo se puede acceder desde esas castas del campo que resultan tan rancias como las de ciudad y el que pide solidaridad pero sólo en un sentido, en forma de más agua y más pantanos que nunca terminan de saciar la sed de sus maíces. Sin darse cuenta, están haciendo la campaña electoral para las elecciones europeas a quien agita sus complejos y parece compartir ahora sus problemas, aunque en realidad está buscando otros resultados, otra cosecha que ellos les están sembrando, regando y abonando a cambio de nada.