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Hablar de la muerte

29/03/2026
 Actualizado a 29/03/2026
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Coincide esta Semana Santa con un intenso debate moral en torno a la eutanasia, al suicidio asistido y a la implantación de una supuesta «cultura de la muerte». La discusión se ha ido complicando con diferentes aportes religiosos, ideológicos y legales, pero lo interesante es que, en el centro mismo de todo, la ética vuelve a estar presente en las conversaciones.

Una de las trampas de esta última disputa es la apelación a su complejidad. Debido a que se resiste a reduccionismos y maximalismos, mucha gente se inhibe e intenta quedarse al margen, con la excusa de que no puede hacer una afirmación tajante al respecto. Pero, precisamente por ello, es terreno idóneo para reflexionar sobre la moralidad. Por ejemplo, desde una perspectiva kantiana, que establece que la máxima de nuestras acciones no ha de reducirse a las consecuencias de éstas ni al propio beneficio. Durante casi tres siglos se ha dado vueltas a esta teoría, con refutaciones y refrendos por parte de diversos pensadores, como el recientemente fallecido Jürgen Habermas, que la llevó a los interesantes terrenos de la democracia y el discurso.

La teoría ética kantiana me sigue pareciendo, en general, muy relevante. Más aún en esta época de vaciamiento moral y nihilismo. Lo que vemos actualmente es lo contrario a lo que proponía el célibe prusiano: una primacía de la satisfacción de los deseos, por encima de las consideraciones sobre el bien y el mal. En ese sentido, la hegemonía de la libertad individual ha producido fantasmas que asolan nuestra existencia.

La vida humana se ha convertido en algo desechable en el momento en que resulta molesta. Tanto para quien la vive (y la sufre) como para quien la contempla. Para el liberalismo salvaje, los seres humanos sólo contamos como consumidores, y cuanto más nos alejemos de ese patrón, más prescindibles le somos al Sistema. De ahí que veamos una progresiva inclinación hacia el suicidio asistido de manera institucionalizada. Pienso entonces en ‘Hijos de los hombres’, la novela de P. D. James, en la que el Estado incentiva o, incluso, obliga a los ciudadanos a quitarse, desde el momento en que estos le suponen una carga. Sin llegar todavía a ese extremo, contemplamos a diario cómo al Poder le importa poco o nada que nuestras vidas estén dotadas de sentido. De ahí que, por ejemplo, (algunas) manifestaciones religiosas sean ridiculizadas, en favor de las nuevas ‘iglesias’, como el dinero, el éxito social o la exposición mediática.

Plantear la vida en términos exclusivamente de ‘disfrute’ conduce a estas oscuridades. Hablemos, pues, de ello: de la vida y de la muerte.

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