Han tenido que pasar muchos años para darme cuenta de que «gestión» y «gesto» vienen de la misma raíz latina: el verbo ‘gerere’, que significa llevar a cabo, conducir, portar. Está presente en muchas palabras del español, desde «digestión» hasta «gerente» y, por supuesto, «gestar», que no deja de ser otra cosa que realizar una vida mientras se la lleva consigo.
En el caso del gesto, el origen del vocablo es algo que uno trae: una sonrisa, una mueca de desaprobación, los ojos apesadumbrados. También puede materializar –llevar a cabo– esa sensación moviendo los brazos y señalando a alguien. O realizando una reverencia, real o irónica, ante alguien al que supuestamente hay que honrar.
En cuanto a la gestión, no hace falta imaginar mucho para entender la evolución del vocablo desde su origen (el agente que transforma el acto en potencia) hasta su actual acepción, la de administrar las cosas de la vida.
Sin embargo, cuando arrastramos esas dos voces al mundo de los políticos (que no de la política), la proximidad lingüística se convierte en antagonismo puro. De un lado, tenemos el manejo de las cuestiones que afectan a los ciudadanos, que es el objetivo primigenio de la democracia: una subordinación a los intereses del ‘demos’ en la que los políticos sirven, sin que ello signifique someterse al arbitrio de sus caprichos. La vida nos muestra desde niños que el gobierno de las cosas en el día a día conlleva la oposición del beneficiario, como el mocoso que se engancha a las jambas de la puerta del centro de salud cuando le toca vacunarse.
Frente a esto, tenemos los gestos de los políticos, que hoy ocupan la práctica totalidad de su actividad. Se habla también del relato, del paripé, del mamoneo… Todos conocemos bien el paño. Esto ha terminado arrinconando la gestión entre las prioridades de nuestros representantes. Importa mucho más la foto cortando la cinta, el ‘tiktok’ o la chatarra ideológica reconvertida en doctrina que lo que afecta realmente a las personas. Éstas, por su parte, parecen aceptar el cambalache y aplauden cuando los corruptos les arrojan unas migajas de bandera, de discurso, de argumentario o de doctrina. Como si eso pudiese aliviar el rugido de las tripas por el hambre. Como si volviera mágicamente más baratos el combustible y la electricidad.
La pregunta parece obligada: si los políticos han abandonado la administración de las cosas en favor de los aspavientos de cara a la galería, ¿qué sentido tiene que sigan ahí?
A todo esto, hoy hay elecciones.