Mama siempre decía: «Me salieron los dientes entre la nieve pero el frío no lo quiero». Le sigue sin gustar, aunque ya no le salga la frase y haya que recordárselo. A mí, en cambio, denme tiritonas y temperaturas bajo cero y frescores impropios para la época del año, sea cual sea ésta. Y, sobre todo, denme nieve.
Pienso en aquellos inviernos –y primaveras; en primavera era aún mejor– en que caía una buena. De ésas que hacían exclamar en casa: «Están cayendo trapos». Sí: copos gordos que lucían apetitosos al otro lado del cristal y que, si te pillaban fuera, cazabas a bocados como una piraña de los dibujos animados. La diversión duraba un rato y, después, llegaba el coñazo: la nieve sucia en los bordes de las carreteras, las placas de hielo en las que se esnafraban las paisanas, las bolas gigantes abandonadas y congeladas, inservibles en medio de los parques, como monumentos megalíticos de la Edad de Piedra.
Incluso todo aquello brilla hoy en la memoria, ante la ausencia de nieve. Como en el meme ése de los ocho segundos de la independencia de Cataluña, la euforia de «¡Está nevando!» en el Whatsapp viene acompañada inevitablemente del chasco: «Pero no cuaja». Casi nunca cuaja, y los rapaces sacan sus trineos y sus guantes y sus ‘bragas’ térmicas para dos bolazos y a casa.
Por eso estuvo bien que nevase estas Navidades, aunque fuese en la montaña. Para allá que subimos, a unas edades igualmente impropias, a ponerme unos esquís por primera vez en la vida. ¿El balance? No rompí nada, así que más que positivo. Tampoco logré aprender a frenar con la cuña, ni de ninguna manera, y me di cuatro culadas para deleite de los congregados en San Isidro. Sitio magnífico, ¿eh? Un sol maravilloso, con el telesilla perdiéndose en lo alto de la mole blanca, los maravillosos picos recortados en el cielo y la gente bailando como pulguitas zigzagueantes por la ladera.
Pienso cómo estuve tanto tiempo sin atreverme a ir a esquiar. Influía, claro, que fuese un deporte caro. Y, como consecuencia de ello, asociado a los pijos. En San Isidro comprobé que todo eso se ha esfumado y la transversalidad social se ha impuesto a golpe de Decathlon y ‘outlets’. Ya son ganas, también, de querer seguir separando a la gente. Sobre todo cuando recientes tragedias –ocurridas, precisamente, en estaciones de esquí, como el alud de Panticosa o el incendio de Crans-Montana– nos recuerdan que todos estamos unidos por la fragilidad de nuestra existencia. Y que muchos compartimos la fascinación por el increíble fulgor de la nieve.