Me dan miedo las colas. Me da miedo verme atrapado en alguna de ellas. Cada vez que se anuncia una guerra, una pandemia o un concierto, yo pienso en las colas. Por cada metro se intuye más desesperación, más necesidad, qué moral los que están justo al final, y si la cola no es para conseguir alimentos o un médico sino para comprar entradas del cantante de moda o el último IPhone, a la desesperación y la necesidad hay que sumar la ignorancia, que da mucho más miedo. Por eso me dan miedo las colas y las multitudes en los mítines.
Uno ve esas imágenes y piensa en cuán lejos han llegado algunos sin decir nada coherente y cuán sumisos siguen siendo otros a pesar de las evidencias. Viendo el panorama, llego a sentir hasta envidia de que una persona se pueda sentir tan ilusionada por un partido como para ir a agitar una bandera y aplaudir cuando le mandan. La batalla electoral se libra cada vez más en las redes, donde algunos candidatos hablan de malvados algoritmos cegados por los flashes de sus propios fotógrafos (toda una declaración de intenciones), y cada vez menos en los medios de comunicación. Eso perjudica a los periodistas, claro, y beneficia sobre todo a los que lanzan los mensajes más radicales, porque la moderación nunca se viraliza. El modo palmero de los mitineros se podría justificar en quienes saldrán de las elecciones colocados (alguno en todas las acepciones del término), pero esas multitudes las forman quienes habitan entre nosotros y acaban formando parte de las mismas colas. Además de en las redes, la batalla se libra en los bares, donde los partidos acaban enviando, aunque sea sin quererlo (por eso funcionan tan bien), a sus propios mullidores, algoritmos andantes que se meten en las conversaciones de los demás repitiendo sus eslóganes.
Si uno recorría esta semana los bares de León no por sed sino por celo profesional, se podía encontrar a tertulianos vocacionales opinando de que «al final siempre ganan los mismos y siempre perdemos los mismos». Parecía que sí, que las elecciones autonómicas habían llegado por fin a donde merecen, a esos debates, con un puntín de euforia por el clarete con gas, en los que la actualidad se palpa y se pringa en la misma medida. «Aunque vea que va perdiendo, te digo yo que el cabestro éste recula mal». La frase dejaba varios sospechosos. Podrían ser analistas políticos o asesores financieros, porque presagiaban que «después de la gasolina sube todo lo demás», pero resultaron ser expertos en geopolítica internacional: sabían diferenciar hasta los tipos de drones que circulan por Oriente Medio.
En otro bar sí que hablaban abiertamente de «las elecciones del domingo». Normal. Puse la oreja, claro. Normal. Uno opinaba que segundas partes nunca fueron buenas y los otros le matizaban que, en este caso, no serían segundas sino terceras. «Al final todo depende de los resultados. Si ganan parece que lo han hecho todo bien y si pierden que son malísimos». Otro ponente postulaba que «sólo se interesa por los jóvenes cuando no le queda más remedio». Ya estaba empezando a practicar ese peligroso juego de imaginar el partido al que votarían cuando la sentencia de uno que hasta entonces había estado callado, que son las mejores sentencias, me puso de nuevo en mi sitio:«Por mucho que le quieran apuñalar ahora Messi y Xavi, que parece que les dejó a deber dinero o algo, teniendo a Lamine Yamal se le resuelven la mitad de los problemas». Hasta entonces pensé, por la intensidad del debate, que hablaban de unas elecciones en las que podían votar, pero no: les des despertaban mucho más interés las del Barça, que también se celebran hoy, y los debates en catalán.
Escuché a otros parroquianos organizar una porra. Estos sí se preocupan de la política cercana, pensé, y hasta estaba ya dispuesto a jugármela (PP 31, PSOE 25, Vox 19, UPL 4, Soria ya 2, Por Ávila 1), pero otro comentario de otro francotirador de conversaciones me hundió y confirmó que allí tampoco nadie estaba pensando en procuradores y yo era el único obsesionado con las elecciones autonómicas:«Como mucho, ‘Sirat’ se lleva el de mejor sonido, no creo que el de mejor película extranjera». Los Oscar también se celebran esta noche.
Las conversaciones más centradas en la política que salieron a mi paso no hablaban de Trump, ni de Laporta, ni de Oliver Laxe, por supuesto ni de Mañueco, Carlos Martínez, Pollán o el leonesismo, sino que se centraban en el estreno de ‘Torrente 6’ como si fuera una obra maestra de la que se pueden extraer lecturas tan válidas como dispares, perfecta para una jornada de poca reflexión. Esas sí son las preocupaciones de buena parte del electorado. Dice Rufián que el ‘hijoputismo’ se ha puesto de moda. El resultado es que quienes no acuden a mítines, ese ejército de indecisos que hace declinar las balanzas, ya no votan con la nariz tapada, como hacían hasta ahora, sino que meten la papeleta en la urna y sentencian «a tomar por el culo», con todo lo que eso implica. Parece que lo significativo es lo que pasa antes, pero los mayores peligros se evidencian en lo que pasa justo después. Por eso deben de ir las papeletas dentro de sobres: para que no se pringuen de bilis. Por eso habrá que ir a votar hoy, aunque haya que hacer cola antes y aunque no se apostille nada después.