Cuando llegan estos días leves de antes de San Froilán el cuerpo se sorprende con una alegría particular. Tal vez sea la memoria de aquella otra felicidad, la que precedía el inicio del curso, un vestigio de cuando las responsabilidades no oprimían el cuello con su bota. Seguramente tenga que ver la sucesión de actos, acontecimientos y ‘eventos’ que dejan atrás esa modorra veraniega, en la que León queda en las raspas y hay que pelear por encontrar un ‘algo’, un ‘lo que sea’ para matar el rato.
Ahora está, por ejemplo, el festival Palabra, con sus suculentos encuentros literarios, como el que ayer unió a Ray Loriga con Benjamín G. Rosado (este último repite hoy en Factor Espacio San Feliz). Está también el Come y Calle, que este otoño trae ni más ni menos que a Triángulo de Amor Bizarro, el próximo sábado, en el Parque de San Francisco. Están los saraos de todo pelaje y tamaño, en honor o no del patrón. Pero también está ahí, al fondo, una sombra de desazón. La sensación de que todas esas cosas suceden mientras algo horrible acontece en el mundo. Y, con ello, la culpa por disfrutar de la vida, del primer otoño, por ser feliz… en medio del asesinato indiscriminado, de la catástrofe humanitaria, de todas las fórmulas creadas para poner en palabras lo innombrable.
Lo que uno escriba aquí no va a devolver a la vida a nadie ni salvar a ninguna niña palestina, como la protagonista de ‘La voz de Hind’, película que se pudo ver estos días en el Festival de Cine de San Sebastián en un clima de máxima emotividad. Muchas letras se han acumulado sobre ese horror, así que prefiero fijarme en otro: aquel en el que ha caído Israel. Leo en encuestas que un porcentaje elevadísimo de los israelíes responden afirmativamente en las encuestas cuando les preguntan si consideran que no queda ningún inocente en Gaza. Ésa es la gran derrota del país y el gran triunfo de Hamas: haber arrastrado a millones de personas dentro de un sumidero de abyección moral que hace imposible la convivencia y, sobre todo, la supervivencia. Eso es lo que los convierte también en víctimas, quizás de sí mismos.
Y no sólo ellos: aquí, a miles de kilómetros de distancia, la gente ha decidido embarcarse en una pelea futbolera en la que la adhesión a unos colores/banderas y el rechazo a otros no dejan lugar para el futuro. Nosotros también nos arrastramos por ese mismo sumidero cuando caemos en maximalismos, cuando negamos y nos negamos de una manera tan absoluta. Ojalá este calor de alegría otoñal sea el anuncio del final de la pesadilla.