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Fiestas de bótox

18/10/2026
 Actualizado a 20/10/2026
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La primera vez pensé que era una broma: En Nueva York habían organizado una fiesta de bótox. Con DJs, copas y toda la movida. Una gachí convocaba a las participantes, con ofertas especiales para packs de inyecciones, ‘fillers’ y demás tratamientos. Supongo que por privacidad no se podían compartir imágenes de las pacientes-participantes, pero sí que rulaban imágenes de las camillas, todas orientadas hacia la cabina del pinchadiscos, con su mesita y demás.

La imaginación completó entonces la imagen. Aseados auxiliares de belleza, con uniformes y mandiles igualmente pulcros, más la preceptiva mascarilla tapabocas, levemente inclinados sobre las jóvenes y ya no tan jóvenes, introduciendo jeringuillas en diferentes zonas de su rostro. La DJ, una estudiante de Arte en la NYU, con su selección de ‘downtempo’, electrónica ‘chill’ y ‘trip hop’ cuidadosamente seleccionada e introducida en un ‘pincho’ USB. Premezclada, incluso, con un leve margen para la intervención. Leve, leve. A fin de cuentas, nadie se le va a acercar a pedirle más caña o a preguntarle si tiene un temita concreto o si puede poner reguetón.

O quizá sí. Después de una sesión de pinchazos, supongo que las (y los, que seguro hay varones asignados como tales al nacer) pacientes se levantarán y deambularán por el local, se pedirán un ‘rosé’ y comentarán lo bien que quedan los pómulos o la última fiesta en un ático del Soho. ¿Incluso un leve bailecito? Sí, por qué no. Entonces una llamada para regresar a la camilla y nueva introducción de toxinas botulínica en la endodermis y los músculos faciales.

La escena nos puede resultar grotesca. Al fin y al cabo, en la hiperpotencia capitalista, todo lo que se puede pagar acaba siendo aceptado. Desde la compra de bebés mediante la llamada “gestación subrogada” hasta la comercialización legal de las drogas más dañinas para el ser humano que se hayan inventado. Sin embargo, lo que hacen los yanquis, por muy estrafalario que parezca, acaba llegando indefectiblemente a nuestras tierras.

Por lo tanto, propongo una adaptación de esos saraos para hincharse los labios en versión ‘cazurra’. Un chiringo con grifos de cerveza y botellas de prieto picudo y godello, más las correspondientes tapas de chorizo, sopinas de ajo y, sobre todo, morcilla. Un paisano de Matadeón poniendo ‘technazo’ a todo lo que da. Y, yacientes, una representación de lo mejorcito de esta tierra, modificando sus rasgos faciales, ya de por sí alterados, hasta aproximarse a los gemelos Bogdanoff.

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