Carlos Alsina arrancó la semana diciendo que «tanto PP como PSOE hubiesen firmado hace dos semanas los resultados de Castilla y León». Se trata de una de las pocas lecturas válidas que se hacen desde Madrid de las elecciones autonómicas. El resto de analistas nacionales no llegan a hacer pie dentro del ombligo de España y, así, no pueden ver una vez más lo que está pasando fuera.
Los medios conservadores dicen que a Vox se le combate mejor con la serenidad de Mañueco que con el histronismo de Ayuso y que la ultraderecha paga las consecuencias de sus purgas internas. Ni uno ni otro razonamiento tienen sentido aquí: el PP no contuvo a Vox sino que Vox se ha consolidado como tercera fuerza, y no creció más porque ya venía disparado de 2022. Lo que le ha pasado factura a Vox es no haber terminado de parir ni en Aragón ni en Extremadura, algo que ha evidenciado que sus estrategias electorales van por delante del futuro de sus votantes. Es decir: que se parecen demasiado a los que critican. Las fotos de plazas llenas y las encuestas favorables han terminado por generar miedo y causar el efecto contrario al que se podría suponer.
Otra de las lecturas erróneas que hacen los tertulianos nacionales es que resulta mucho mejor poner a un alcalde de candidato que a un ministro.¿Qué hubiera pasado si en lugar de un desconocido soriano que empeora las cosas cada vez que se quiere matizar a sí mismo hubiera liderado a los socialistas, por ejemplo, Óscar Puente? Aportaría más carisma que el resto de los aspirantes de todos los partidos y con dos frases virales se hubiera ganado a los leonesistas que ahora le consideran enemigo público. Pero, claro, eso podría haber llevado a la victoria del PSOE y parece que, dentro de la estrategia de Sánchez, ese no es el objetivo en ninguna comunidad autónoma: mejor forzar al PP a escorarse.
Para el PSOE, Castilla y León sigue siendo una herramienta, un trampolín, un retiro, una parada de postas de camino a Madrid. De otra forma resulta difícil de entender la euforia con la que los socialistas celebran una derrota que no les deja ninguna posibilidad, ni siquiera remota, de gobernar.
En clave autonómica, se puede concluir que el candidato socialista no era el mejor pero era de Soria, provincia desde la que es más fácil ganar un procurador por tener un referente local que en otra de mayor tamaño. Punto para los estrategas socialistas. El problema es que uno de ellos es de Burgos, llama al voto útil porque votar a UPL es poco menos que tirarlo y termina entregando al PP un procurador. El envejecimiento sigue jugando a favor del PP, que gana el procurador que tenía Ciudadanos en Valladolid. La dulce derrota del PSOE se basa en parasitar una vez más al leonesismo y en la desaparición de la izquierda, que ya no existirá en las Cortes como consecuencia del síndrome de ‘La vida de Brian’ y de haber practicado este tiempo una política de camisetas de despedida de soltero.
Los socialistas no disimulan esa euforia especialmente en León, donde en la práctica empatan con el PP (les separan 523 votos) pero siguen siendo la primera fuerza. Su éxito se basa en dos pilares: la división de la provincia fomentada por Aznar con la creación del Consejo Comarcal del Bierzo (que recordemos que tiene más consejeros que diputados la Diputación) y la habilidad del secretario provincial del PSOE, sin duda el más inteligente de los políticos leoneses. También el más cruel: esas virtudes no las ha puesto jamás al servicio de los leoneses sino únicamente de su partido, que es el que debería estarle agradecido y, sin embargo, le terminó expulsando de la Ejecutiva federal por su proximidad a los corruptos, que ahora ya parecen fantasmas del pasado pero son los que en su día movieron todas las piezas socialistas de la comunidad para derivar en otros cuatro plácidos años de oposición.
Sirva como ejemplo que el único proyecto palpable que Cendón ha traído a su provincia es una fábrica de drones suicidas, algo que no encaja demasiado con el ‘No la guerra’ y que, además de ser una iniciativa privada, ha tenido que hacerse en una nave cedida por la Junta en el polígono de Villadangos, ya que el de Torneros sólo forma parte de su imaginación (a estas alturas, probablemente ya ni eso).
Primero van sus venganzas personales (ya amenazó en la noche electoral a José Antonio Diez por el resultado en la capital), luego su partido y después los leoneses, a los que sigue tratando con rentable desprecio al que ahora, crecido por la derrota, ha añadido un punto de arrogancia. Cendón saca tajada de la división política provincial porque en el Bierzo se han cimentado todos sus triunfos, internos y externos, y ha sabido conservar esa lealtad incluso haciendo pasar por coincidencias los surrealistas anuncios de un crédito millonario a Tvitec y un tramo de la autovía a Orense en la última semana de la campaña, algo tan obvio que parecía que no iba a engañar a nadie, pero resultó que sí.
En el caso del Partido Popular también se celebra con euforia la derrota, que en la provincia se traduce en el mencionado empate técnico y en la comunidad en un triunfo que le obligará a tragar con Vox. A nivel provincial, la mejores conclusiones para el PP son que el partido, pese a los bandazos, parece más unido que en los últimos años y, sobre todo, que las llamas no prenden en la memoria.
El tiempo ha demostrado que demonizar al consejero Quiñones no fue la mejor idea ni para los socialistas ni para los leonesistas, algo que se demostró porque ellos mismos hicieron que el tema pasase de largo durante la campaña.
Que falló la prevención es una evidencia, pero parece que el operativo reaccionó mejor de lo que se quiso contar, que los alcaldes afectados sí que se sintieron respaldados por la Junta y también que las ayudas se han gestionado con diligencia indudablemente electoral. Eso, claro, y la amnesia crónica de los leoneses, porque después de cuatro décadas de gobiernos conservadores todo lo que pase, ya se justifique en el corto, medio o largo plazo, es responsabilidad pepera.
El único que no puede celebrar su derrota es UPL. Obtiene su mejor resultado histórico, pero se queda como estaba. Con la citada división del Manzanal evitando que se unan leonesismo y bercianismo, lo que abriría la posibilidad de que esta provincia tuviera las llaves de la Junta, UPL aspiraba a formar un grupo propio y no sólo se quedó lejos del quinto procurador, sino también del cuarto.
La cita autonómica es tradicionalmente en la que más apoyo reciben los leonesistas y lo han dilapidado por no haber sabido tocar la fibra, casi siempre más emocional que racional, del creciente leonesismo, además de algunos casos sangrantes como es la temeridad de gobernar San Andrés en minoría o consentir que Cendón les imponga a dos presidentes bercianos en la Diputación que han consolidado allí al PSOE, diluido a UPL y estancado un poco más una institución que, por recursos y capacidad, debería ser el motor de esta provincia.
De cara a las municipales, a buen seguro que los leonesistas recuperarán el concepto cordón sanitario, los vetos con los que intentan salvar su imagen, y su principal enemigo no es Vox.
En la celebración de una derrota, o de una victoria a medias, se exhiben muchos complejos, el miedo a la humillación sufrido en silencio, pero también quedan al aire los verdaderos motivos por los que una persona decide entrar en política.