Estalló la paz. Pero parece que la noticia pasó desapercibida. Me di cuenta ayer, hablando con una preadolescente bastante bien informada para su edad, que suele ver los informativos de televisión y las noticias en internet: no sabía nada del acuerdo sobre el plan de Donald Trump para poner fin a la Guerra de Gaza, el cual había sido anunciado hacía dos días. Me extrañó que se le hubiese pasado, me pregunté si habría estado de exámenes, pero me pareció que era demasiado pronto para ello, recién empezado el curso.
Tal vez sucediera lo que muchas veces se ha repetido: que las noticias positivas tienen bastante peor fama que las negativas. Que el conflicto nos interpela más que la concordia. El caso es que algo tan importante y tan necesario como el final de la campaña salvaje de Benjamin Netanyahu, acompañado de la liberación de los secuestrados por Hamas desde hace dos años, ha quedado perdido entre el aluvión de noticias que nos salpican cada día.
No quiero caer en ese pensamiento tóxico que circula desde hace unos días: que mucha gente que pedía el alto fuego está disgustada con el alto el fuego. Que la matanza indiscriminada les servía para mantener un relato acorde a su ideología o a lo que se supone que deben pensar. Que consideraban que un horror como ése podría ser una oportunidad para alcanzar una determinada agenda. Me parece demasiado miserable. En lugar de eso, prefiero pensar que ese silencio atronador que se ha dado en sus redes sociales, las mismas que desde hace meses repiten consignas y exhortan al combate, se debe a una mentalidad particular: «Mi trabajo como activista ha terminado». O que siguen celebrando el final de los bombardeos. O que se quedaron sin wifi.
Está claro que el conflicto no acabará aquí. Que la violencia seguirá dándose en la zona y en el resto del mundo, de alguna u otra forma. Que un acuerdo de paz siempre dejará un sustrato importante de insatisfacción entre las partes implicadas –de hecho, los buenos tratados de paz son aquellos en los que nadie se siente vencedor–. Pero ahora que nos caímos del guindo y admitimos que la «paz perpetua» de Kant está muy lejos de alcanzarse, cualquier elemento que alivie el dolor que los humanos causamos a los humanos es bienvenido. Ya habrá tiempo de pelearse por los detalles, de señalar errores, de admitir culpas y de pedir perdón. Lo importante es que, de momento, el mundo es hoy un poco mejor que hace una semana.