En los alrededores del Retiro hubo que echar a una señora de 87 años de la casa en la que llevaba viviendo siete décadas para que España se enterase de que existe un problema con la vivienda. En Boñar, mientras tanto, otra señora de 89 años llevaba más de tres meses sin poder salir de su casa. A Maricarmen la echó de la suya un fondo buitre y a Aurora no había quién la sacara por culpa de una avería. Las elecciones generales, por si no se han enterado, se convocaron por la primera de ellas.
Aurora tenía su casa, pero no podía salir porque el ascensor se había estropeado y los 21 escalones hasta la calle suponían para ella una cordillera insalvable. Se pasó el verano mirando por la ventana mientras las aseguradoras y la empresa de mantenimiento se entretenían jugando al mus de la burocracia. Al final fue una periodista, Susana Texeira, la que se empeñó en sacar a Aurora de casa.«Esto es lo que da sentido a nuestro oficio», dice con razón, «el resto es hacer churros». Los vecinos pusieron dinero para instalar una barandilla y la historia empezó a circular hasta que el ascensor acabó reparándose, cuatro meses después, en toda una extraordinaria demostración de eficacia: para conseguir que una señora pueda bajar a comprar el pan hacen falta una colecta popular, una campaña de movilización en redes y varios artículos periodísticos. Hemos construido un sistema en el que la eficacia de una reclamación depende cada vez menos de la razón que tengas y cada vez más del ruido que consigas hacer.De hecho, si haces el suficiente ruido, no importa si tienes razón, como pasa ahora en todos los debates.
Antes, cuando alguien se levantaba de mala hostia, se le recomendaba volver a acostarse: ahora abre una cuenta en redes y a las dos semanas tiene diez mil seguidores, por lo general con la misma mala baba. Todo el mundo protesta, todo el mundo se ofende, todo el mundo está harto de algo.Sorprende, en cambio, que a quienes más se les hincha la vena al gritar suelen ser aquellos a los que mejor les va.Sus males, por lo que sea, nunca están en sus espejos. Quizá el problema no sea que nos indignemos demasiado, sino que nos indignamos mal. Gastamos cantidades industriales de bilis en discutir por una bandera, una declaración desafortunada o un taxista que no da el intermitente y, luego, aceptamos con resignación franciscana que una anciana se pase cuatro meses encerrada porque nadie viene a reparar su ascensor.
Ante la evidente incapacidad de generar ilusión, las elecciones se han convertido en una competición de enfados. Hemos pasado del obsceno «y tú más» al egocéntrico «y yo más», todo un signo de nuestro tiempo, al modo de Vicent y Jules limpiando los restos de un cadáver en ‘Pulp Fiction’: «¿Eres tú el que vas a estallar? ¡Pues yo me parezco a la puta bomba atómica cuando estallo! ¡Cada vez que mis manos tocan cerebro soy supermosca TNT, soy los cañones de Navarone!». Con el miedo ya tan sobado que deja de causar efecto, con militantes a uno y otro lado que no van a cambiar su voto ni por una riada ni por un accidente ferroviario, son los enfurruñados los que inclinan las balanzas electorales.Y el enfado, como el mercado, es ahora libre.
Llega entonces el problema de no ser dueños de nuestras pataletas, el trastorno del poliofendido, no saber enfadarse a tiempo ni con quién, el clásico «al final lo pagó con el que menos culpa tenía». Eso traslada a los bares y las cocinas las malas formas de los parlamentos, y encuentras gente muy preocupada por la dimisión de un ministro pero muy poco porque en nuestros pueblos sea un milagro, y un pastizal, conseguir que vengan a repararte una avería... por no hablar de los servicios públicos. Como solución, los únicos operarios que los partidos nos mandan no son precisamente técnicos especialistas en nada, sino candidatos que, a estas alturas, son paracaidistas en su propia tierra, aunque se vuelvan a poner el disfraz de salvadores. Si juntáramos a todos los salvadores de León de los últimos 40 años, no cabrían en el Bernabéu, por poner una comparación que entiendan en Madrid. Si juntamos a todos los que verdaderamente han hecho algo por León, podrían encontrar mesa para comer sin la necesidad de reservar. Ahora todos renuevan con repugnante descaro sus planes para combatir la despoblación, atraer habitantes y devolver la vida a nuestros pueblos, pero cuando alguien les habla de un problema concreto, de una carretera con baches como cráteres, un tren que nunca llega o de otro pueblo que se queda sin médico, te miran como si fueras un acomplejado, un provinciano incapaz de elevar la mirada por encima de las montañas que nos rodean. Eso no toca ahora, palurdo.
Quizá nuestros salvadores deberían tomar nota del caso de Aurora, por irrelevante que les parezca: tener una vivienda digna es un derecho constitucional, sí, justo en la misma medida que poder entrar y salir de ella. Aurora se perdió el verano por ser de Boñar, porque pese a la monserga de fórmulas magistrales que soportamos desde hace décadas, quienes viven en nuestros pueblos siguen teniendo menos derechos y más obligaciones, porque son pocos y viejos y sus enfados hacen menos ruido, y porque nadie la convirtió en símbolo de nada a pesar de que había motivos para ello. Los problemas siguen donde estaban, esperando a que aparezca una periodista dispuesta a agitar conciencias para resolver lo que debería resolverse sin necesidad de convertirse en noticia o de convocar una huelga general.
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