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El enemigo enfrente

02/08/2026
 Actualizado a 02/08/2026
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La semana pasada un terrorista islamista mató a una persona e hirió críticamente a otras 30 al embestir su coche contra la multitud LGTBQ que participaba en el Christopher Street Day, el Orgullo de Berlín. El yihadista era un joven libanés-alemán que había intentado unirse al Daesh (Estado Islámico) y había sido condenado por su vinculación con el integrismo. La sentencia quedó suspendida por un tribunal, a pesar de que un informe advertía de que su desradicalización era «falsa».

En las horas siguientes al ataque leí numerosos comentarios en redes sociales, muchos llegados directamente desde el colectivo LGTBQ de Berlín. En ellos, a través del dolor, se percibía un discurso que quedó resumido en uno de los testimonios del homenaje celebrado en la Puerta de Brandeburgo. Una mujer subió al escenario, tomó el micrófono y dijo que su primer pensamiento al conocer el atentado había sido desear que el perpetrador «no fuera un inmigrante musulmán», sino «una persona blanca y cristiana». Otros muchos se expresaron en términos similares. Hubo incluso quien pidió una alianza entre el colectivo y los musulmanes contra «el enemigo común» del sistema occidental.

Lo cual nos retrotrae nueve años, a los atentados de Las Ramblas y Cambrils de 2017, en los que murieron 16 personas a manos de una célula islamista catalana. Una de las primeras convocatorias de la manifestación de repulsa por aquellos ataques fue «contra la islamofobia», tal y como quedó reflejado en las pancartas de las marchas.

Llegamos a la actualidad y a Ceuta. En estos días posteriores al ataque de ‘guerra híbrida’ por parte de Marruecos, en el que unas 60.000 personas invadieron la ciudad de Ceuta –84.000 habitantes– y que ha dejado, de momento, 67 muertos, la historia se ha repetido. El presidente del Gobierno habló en su primera comparecencia oficial de «un ataque a la integridad territorial de España», aunque evitó identificar al atacante y ni siquiera mencionó a Marruecos.

A continuación, su coro habitual comenzó a repetir la misma interpretación sincronizada: los culpables de aquella invasión y de la tragedia posterior -con pillaje de comercios, ceutíes atrincherados en sus casas y episodios de violencia en las calles- estaban en Tel Aviv y Washington. Los mismísimos Donald Trump y Benjamin Netanyahu le habrían dicho al rey Mohamed VI –quien, por cierto, se encontraba de festejos por su entronización, en los que participó el ministro español de Agricultura, Luis Planas– que empujase aquella masa humana contra España.

Se podría hablar de un recurrente síndrome de Estocolmo, aunque acaso la explicación sea más sencilla: el odio ciego de un sector de la población hacia otro le impide identificar a su verdadero enemigo. Incluso cuando éste se encuentra enfrente, desea su eliminación y lucha por ella.

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