Shazam fue creada en 1999 por dos estudiantes de la Universidad de California en Berkeley y un consultor de una firma británica, a los que luego se unió un doctorando de la Universidad de Stanford. En 2002 comenzó a dar servicio en el Reino Unido mediante un sistema de llamadas: el usuario marcaba un número con su móvil cuando escuchaba una canción que deseaba identificar y, al cabo de un rato, recibía un SMS con el título y el autor. En 2006 se lanzó en su formato actual de aplicación: cuando suena una pieza de música, se aprieta un círculo con el icono de la plataforma, ésta compara mediante un espectrograma la «huella digital acústica» de las ondas de audio con su inmenso archivo y devuelve el resultado.
De entre todos los avances que nos han proporcionado las llamadas Tecnologías de la información y la comunicación (TIC), pocos me parecen más próximos a la magia y más inspiradores. Esa mezcla de incredulidad y fascinación de las primeras veces no se ha disipado con el paso de los años. Todavía me sorprendo cuando el aparatín es capaz de localizar una oscura pista de gamelán indonesio o, incluso, una melodía tocada por una orquesta de pueblo en directo.
La vacación es época de pensar, por mucho que se tienda a asociarla con un periodo de actividad cerebral nula. Y en esta tarde de tormenta de verano, con la lluvia disparando los olores que llegan de la huerta, se me ha ocurrido una de mis ideas para hacerme millonario: un «shazam de olores». Y no sólo eso: escribir esta columna sobre ello. Una idea original y nunca antes imaginada. Así me disponía a transformarla en letras, palabras y párrafos cuando me dio por consultar el archivo de esta institución periodística que tiene a bien cobijarme. En efecto: allí estaba, el 25 de febrero de 2024, una columna mía en este mismo espacio sobre este mismo tema.
Entonces volví a consultar mi propia base de datos, las notas en las que voy apuntando ideas para estas columnas. Allí estaba el apunte, ufano de su propia brillantez, como si acabase de descubrir la cura del cáncer o un nuevo continente. Y me acordé de aquello que Hitchcock le contó a Truffaut sobre desconfiar de los sueños. Una noche, el cineasta de ‘Psicosis’ soñó una idea genial para una película. Se despertó, la apuntó en un papel que tenía por ahí y volvió a dormirse. Al día siguiente lo leyó: «Chico conoce a chica». Me imagino su cara, ahora que he descubierto mi semiautoplagio.
Tal vez sea verdad lo de la actividad cerebral nula.
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