Con el fin de las fiestas de San Juan comienzan las vacaciones para la mayoría de los españoles que las puedan disfrutar. Un síntoma que pone de manifiesto el comienzo del veraneo es la ausencia de gente por las calles a la hora del calor así como la cantidad de sitios que uno encuentra a la hora de aparcar los coches en la ciudad.
Como casi todo en la vida, siempre se repiten las cosas cada año, si bien de diferente forma. A saber: conocer lugares y gentes que uno no conocía y que ahora, por diferentes medios y motivos, se encuentran al alcance de una mayoría de personas gozando del llamado Estado de Bienestar.
Son fechas de repetirse uno en los recuerdos y comparaciones. La primera vez que conocí una playa fue cumplidos los dieciocho años en la bien llamada ‘Perla de Arosa’, Villagarcía de Arosa (hoy Vilagarcia de Aurosa), como casi todos los españoles de entonces, en casa de nuestro tío Agustín, un hombre que, aunque no provenía de la hostelería, supo implantar la Cafetería California como claro exponente en la villa de la modernidad de aquellos años 60, y que, sin ser un hotel, tenía dignas habitaciones para alquilar y para albergar a algunos sobrinos ‘gorrones’, como fue nuestros caso.
Creo recordar, y así lo he manifestado en diversas ocasiones, el primer viaje en tren que hicimos los tres primos: Carlos (Q.E.D), Juanjo y yo. Después de meternos entre pecho y espalda doce horas de tren con asientos de madera en clase de tercera, con temperaturas nocturnas parecidas a las que estamos padeciendo en la actualidad, y con parada en Monforte de Lemos para llenar una bota de vino con gaseosa, mientras el citado primo Juanjo en el tren, custodiaba el equipaje con los billetes de nosotros dos. La conclusión fue que mientas nos llenaban la bota de bebida en la cantina de la estación, y con otro tren interpuesto en las vías, nos quedamos en tierra viendo como se alejaba nuestro tren sin saber qué solución tomar. La cosa no fue a mayores pues al quedarnos en la estación apenados por la situación, el amable Jefe nos vio asustados, y nos preguntó a donde íbamos, y al comentarle lo sucedido nos expidió dos billetes sin coste alguno, y nos dirigió a la sala de espera hasta la salida de otro tren con trasbordo en Redondela las 11 de la mañana y luego a Villagarcía y a la playa por primera vez.
Por eso, cuando llegan estas fechas, en las que quienes puedan, disfruten de los días de que dispongan, en las que mis padres, así como otros padres de tanta gente, casi no conocieron las playas, el mar ni habitaciones de hotel donde pasar unos días de descanso, y, como se decía, y se dice hoy, «a mesa puesta y a cama hecha».
Quienes puedan disfrutar que disfruten, que lo que va por delante atrás no queda.