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El viaje de los raposos

08/04/2015
 Actualizado a 15/09/2019
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Por una vez se han dado las condiciones óptimas para la celebración de la Semana Santa que, en las últimas ediciones, ha estado pasada por agua. Lo mismo que la Feria del Libro que, para llamar a la lluvia, funciona mejor que aquellas rogativas de antaño por las afueras del pueblo.

Aparte del buen tiempo, mucho han tenido que ver en el éxito del evento las persistentes campañas divulgativas y de promoción de las instituciones y de las propias cofradías para convencer a los turistas a optar por esta ciudad.

Total que, entre tirios y troyanos –por devoción o botellón– la capital se ha puesto imposible.

La crisis nos ha hecho abrir los ojos y da la impresión de que la aportación y el gasto promocional de las instituciones ha supuesto un fuerte empuje; una especie de rescate con dinero público en propaganda para los principales beneficiarios: bares, restaurantes y hoteles. Algo así, aunque a otro nivel, como el trato dispensado a particulares como bancos, autopistas, cajas de ahorros, etc.

Gracias a ello la hostelería ha cosechado grandes resultados, como reconoce el presidente de la Asociación de Hosteleros de León, Pedro Llamas, para seguir tirando unos meses más en medio de la crisis actual que atraviesa el sector de bebedores.

Y ¿cuál ha sido la reacción de muchos bares hacia quienes los mantienen? Pues una maniobra un tanto rastrera, como subir los precios de las consumiciones y servicios, ya caros de por sí frente a otras plazas cercanas. A tontas y a locas.

Otra cosa sería, de subir impuestos y materia prima, su repercusión proporcional en los precios.

En la práctica, el resultado es que, el fiel parroquiano que acudía a diario a la barra, va a tener que pagar más y, poco a poco, se irá quitando del vicio, bebiendo en casa, como en Europa.

De todas formas, no sólo importa cuántos viajeros han venido, sino cuántos estarían dispuestos a volver cuando se les aplica la miserable política de «zorra que va de paso... ¡zapatazo!».
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