Renazco cada día, le pongo melodía a mi dolor, no lo merezco. Yo soy un niño todavía. Y más que me queda: seré un adulto cuando proceda», rima Kase O en ‘Suave seda’. El viaje del niño al adulto concentra la gran contradicción de las muchas contradicciones que los hombres vamos arrastrando a lo largo de nuestras vidas. La mitad de la literatura, la mitad de la música y la pintura, la mitad del arte a fin de cuentas, ha tenido como objetivo un imaginario regreso a la infancia que a veces resulta emotivo y a veces insoportablemente cursi.
La más evidente de las contradicciones es que los niños quieren ser mayores cuanto antes, presumen de hacer las cosas por sí solos y celebran ser aceptados en círculos que al principio les estaban prohibidos, como si tuvieran prisa. Pero cuando por fin lo consiguen, cuando pueden presumir de ser adultos, manifiestan comportamientos propios de la infancia. Cada cual tendrá un ejemplo alrededor. Y si no que ponga la televisión o abra un periódico.
Se trata de una gran contradicción hecha de pequeñas contradicciones. Por lo general los hombres queremos ser adultos sin dejar de ser niños y el contraste se agrava con el avance de los años. Con 15 años te afeitas el mostacho deseando que por la mañana te salga una barba poblada, con 20 te vistes como el rapero de moda y con 30 llegas a pensar que, sin demasiado esfuerzo, vas a conseguir seguir siendo niño y adulto el resto de tu vida. El desfase llega a partir de los cuarenta, que es cuando los hombres empezamos a hacer el ridículo públicamente de forma voluntaria. El gimnasio no sólo esculpe los cuerpos, sino también las actitudes. Algunos empiezan a hablar de hidratos, proteínas, batidos mágicos, la fase de definición y la fase de volumen, hasta el punto de que resultan muy impertinentes hablando de sus ayunos intermitentes. Salen a cenar y piden pechuga y arroz blanco y se refieren a su voluntaria penitencia como «entreno», palabra que, por cierto y por nada en especial, me repugna profundamente. Uno prepara un maratón, otro quiere ser ironman, el que queda con los de running un domingo a las 8 de la mañana para subir un pico corriendo y no veas qué guay... Puf. Les ves tan equipados, con tantos accesorios encima, que resulta evidente que su familia ha incentivado su nueva afición haciéndoles todo tipo de regalos para que pasen más tiempo fuera de casa. ¿Por qué los que corren nos miran al resto como si los raros fuésemos nosotros?
El mayor ridículo empieza a partir de los 50. Las obsesiones se empiezan a manifestar de forma demasiado evidente y se puede intuir por dónde van a ir los tiros cuando llegue la jubilación, soñada cuando se ve desde la distancia y temida cuando se aproxima. Los arrebatos pueden consistir en una moto, una bici eléctrica o un coche al que muestran más aprecio que a cualquiera de sus familiares. También, claro, los arrebatos pueden consistir en un divorcio y una pareja más joven, lo que a algunos les da tal pose de triunfadores que ya miran por encima del hombro para el resto de sus vidas. La ciencia ha disparado los complejos y ahora que ser calvo o gordo es voluntario, hay alguno pinchándose para engañar también a la báscula o que se ha inventado el tic de apartarse de la cara un flequillo que en realidad no es suyo.
Un poco más adelante llega la crisis de la ropa y algunos intentan rejuvenecer poniéndose vaqueros, playeras deportivas y sudaderas con capucha, la indumentaria que ellos consideran de jóvenes pero que, en realidad, es de cuando ellos eran jóvenes. Hay desfase hasta en las colonias. ¿Pero dónde vas oliendo a jugador de baloncesto? No dicen bro de milagro. Con la jubilación se desatan de forma irremediable las obsesiones y el que no las tenía, se las inventa. El resultado es que a Luis Grau se le presentan en el Museo de León dispuestos a profundizar en la historia de su pueblo, porque ellos pueden aportan mucho y creen que no se ha estudiado lo suficiente. También quieren hacer un árbol genealógico y nos tenemos que implicar todos. Yo lo siento por Grau pero lo prefiero así, porque la alternativa es cruzar la plaza y venir al periódico con la intención de hacerse columnistas, «pero para contar verdades, no las milongas que os mandan contar a vosotros los políticos».
Sobre esas y otras milongas, en este camino incierto hay numerosos casos de hombres que empezaron siendo revolucionarios de izquierdas y, con el paso del tiempo, han ido derivando hasta militar en el extremo contrario. Viceversa ocurre muy poco, la verdad. Le ha pasado también a Castilla y León. Empezó siendo socialista pero en 2027 cumplirá 40 años de gobiernos del PP y, la verdad, no ha tenido demasiadas crisis de identidad: siempre con el mismo traje, la misma irritante sonrisa y las mismas discusiones a los postres, que fue precisamente el momento de su alumbramiento. Hay una parte que quiere divorciarse de la otra, pero cada vez tiene más pinta de que se va a quedar en otro arrebato. Hay otros parientes a los que solo les interesa la herencia, de los que vienen el día de la fiesta, comen la ensaladilla y desaparecen otros cuatro años. Ahora hay también un cuñado meticón, racista y machista que nos acaba de regalar el que ya es nuestro segundo fachaleco. Toma juventud. Grandes cambios no habremos tenido pero de ridículos podemos hablar de tú a tú con cualquiera, tantos que dan ganas de hacerse otro maldito runner, correr hasta Portugal y terminar allí el entreno sin mirar atrás.
Pensándolo bien, al tratarse de una comunidad autónoma, se considera el género femenino y, quizá, debería empezar de nuevo este artículo trazando la metáfora con la forma de envejecer de las mujeres, pero la verdad es que no me atrevo. Por lo que sea.