Hubo un tiempo en que no podía pararme a ver los anuncios de las inmobiliarias de aquí. Andaba yo paseando por Santa Nonia, por ejemplo, y me asaltaban los carteles con metros cuadrados mucho más altos y precios mucho más bajos de los sablazos que acostumbran a asestar en la Villa y Corte. La frustración era notoria y la cabeza daba vueltas. Entonces venían las cuentas: con lo ahorrado más otro poquín, más esto de más allá, hasta se podría pagar a tocateja un casoplón aquí. O mira este pisazo de arriba en el mismísimo Santo Domingo.
Al final, me ponía negro, con lo que proseguía el camino bajo una nubarrón, lamentándome por la falta de trabajo, la injusticia de la oferta y la demanda, y mentando unos cuantos nombres, del santoral y de fuera. Al final, ya digo, la solución era mirar para otro lado. Pasar de largo y hacer como si nada. Corazón que no siente.
Luego estaban las historias de amigos. Gente que te decía que se había pillado (aquí no puede ser más oportuno el verbo) un apartamento en La Lastra con lo que había dejado de gastar en tabaco cuando dejó de fumar. O aquel otro que se pilló una casa abandonada en La Sobarriba por poco más de cien mil pesetas y que está adecentando a su ritmo tranquilo y feliz.
Así era hasta hace no mucho. Porque de un tiempo a esta parte no hace falta quitar la cara de los escaparates inmobiliarios. Los precios ya no se antojan tan ridículos como antes, o al menos no desentonan con los de las grandes ciudades españolas. Cuesta creerlo, sobre todo cuando seguimos asistiendo a fenómenos de despoblación en muchas partes de la provincia, incluso dentro de la capital. Pero es la realidad: ni siquiera nuestra tierra se libra de la crisis de vivienda que sufre medio mundo.
El asunto es crítico, sí, y eso lleva a que aparezcan las soluciones de todo tipo, casi siempre maximalistas. Nunca es una mezcla de circunstancias, sino que todo se debe a una única causa, defienden los enfrascados en este asunto, cuales hinchas del balompié. Los hay que dicen que es culpa de la especulación de fondos buitre (y también de particulares) y que sostienen que todo se solucionaría interviniendo el mercado. Los hay que se refieren a un trauma que quedó en el imaginario colectivo tras el pinchazo de la burbuja inmobiliaria, hace casi 20 años, y que proscribe la construcción de nuevas casas como si fuese un anatema. Y que todo pasa, pues, por edificar y edificar. Lo que sí parece claro es que, de nuevo, éste es un problema generacional. Y que la brecha seguirá aumentándose si sigue este desequilibrio por el que los jóvenes tienen muy difícil encontrar un lugar donde caerse muertos.