Recientemente salió el director general de tráfico (sí, el tipo al frente de la DGT), Pere Navarro (en el cargo desde 2018 y que ya lo había ocupado, déjenme revisar mis notas, entre 2004 y 2012) diciendo que en el futuro irás al centro de la ciudad en un Uber, en vez de en tu coche. Lo hizo en un acto patrocinado por Uber, detalle que apenas trascendió, más allá de cuatro ‘pringaos’ atentos a las manifestaciones del Poder.
Lo que venía a sostener el tal Navarro es que lo del coche privado se acaba, amigos, que hay que reducir nuestra autonomía en favor de unos presuntos objetivos de desarrollo cuyo diseño y responsables nadie termina de aclarar. La opacidad en el origen de estas historias no termina de ayudar en el noble arte de hacer más feliz la existencia a las colectividades humanas.
El caso es que alguien podría decir que promover desde un cargo público un cambio que afecta a la ciudadanía, beneficiando de paso a una compañía privada concreta, podría ser un acto flagrante de prevaricación. Y que, si se le suman las sospechas en torno a otras decisiones, como la obligatoriedad de la nueva baliza V16 de geolocalización para posibles accidentes de tráfico –sobre la cual empiezan a aflorar supuestas irregularidades, como en el caso que relaciona a la denominada ‘fontanera’ del PSOE con la venta de balizas a través de Correos–, la sombra de la sospecha se vuelve más espesa que nunca.
Ya, sí, claro. Pero al final nunca pasa nada.
En el caso de la DGT, hay que sumar que se trata de un organismo que, históricamente, ha combinado dos facetas, cual Jano bifronte. Una es la de velar por nosotros, por nuestra integridad física, por decir que si bebes no conduzcas, que te pongas el cinturón y que no corras mucho papá. La otra es la de la sanguijuela que nos chupa la vida a base de multas absurdas mientras el estado de las carreteras es cada vez más cochambroso y peligroso. Es decir, que está ahí para ser odiada y querida al mismo tiempo. Lo cual supone un escudo para los sujetos como Navarro, el cual puede argumentar que las críticas son en realidad ‘hate’ que le tira la peña, desagradecidos incapaces de entender que, en realidad, todo se hace por nuestro bien. Que la libertad es un invento y que, en el caso de que se existiera, no se nos podría conceder, porque pondríamos a los Fiat Panda a 167 por hora y cometeríamos otro tipo de barbaridades. Así que basta de querer fiscalizar a los que mandan con esa palabra tan fea, prevaricación, y más atender a lo importante: tendrás poco y serás feliz.