Una de mis principales pasiones cuando no tengo que trabajar es pasarme las horas sin tomar una sola decisión. Es decir: me pasa exactamente al contrario que a MarianoRajoy. Tomo de todo lo demás, menos decisiones. Incluso me cuesta elegir entre Bierzo o Ribera, tute o mus, entrecot o chuletón, aunque esas incertidumbres voy poco a poco aprendiendo a gestionarlas. Por eso, para desconectar de las preocupaciones diarias, de los quebraderos de cabeza de turno y de las llamadas impertinentes, me gusta adentrarme en el monte con mi contaminante Lada Niva e ir cogiendo caminos al azar, sin pensarlo ni una décima de segundo, hasta que me pierdo y ya sólo me tengo que preocupar por regresar a la civilización sin atollar en el barro y antes de que se me acabe de la gasolina. Pero este fin de semana tenía mi bólido en boxes, un lugar al que tiene demasiada querencia (un Niva te lo da todo, menos confianza) y tuve que improvisar un plan para alejarme de toda esa gente que está dispuesta a contarme noticias que presuntamente me interesan. El tiempo era insuficiente como para coger un avión y volar hasta algún país en el que no hablaran mi idioma. La necesidad de desconectar era tal que contemplé la posibilidad de hacer una visita relámpago a las playas de Cádiz, hacer el muerto sobre el agua salada, sentir el calor del sol en el pecho y una corriente fría en la espalda, y allí, mecido por las olas, dejar que flotasen todas mis preocupaciones hasta que las arrastrase el viento de Levante. Pero el tiempo para ir a Cádiz y quedarme a vivir dentro de una bulería era también insuficiente, o al menos era insuficiente el tiempo para volver, así que tuve que buscar alternativas. Asturias me resultaba demasiado cercano y la posibilidad de encontrarme con un leonés demasiado elevada. Ir a Oporto últimamente es asumir tantos riesgos como pasear por la Calle Ancha. Se acercaba peligrosamente el periodo de no tomar decisiones y tuve que improvisar. Pasarme el fin de semana durmiendo era biológicamente imposible, así como adentrarme en las páginas de El Quijote, que esta semana había sido manoseado por algunos de los personajes de quienes me quería olvidar. Incansable busqué el lugar donde estar a salvo de las crecidas de los ríos y la falta de previsión por parte de la Confederación Hidrográfica del Duero, de las consecuencias que ello tiene para los agricultores y sus subvenciones, de la problemática sobre el traslado del Conservatorio al campo de fútbol y de las 2.000 personas que se manifestaron esta semana por las calles de León para decir que les daba igual la titularidad de los edificios si son públicos, un refugio en el que no tener que escuchar los mensajes cada vez más hipócritas sobre la minería, sobre la dignidad de un ministro que unos llaman mentiroso y otros llaman ejemplar porque son tan mentirosos como él, un escondite lejos de la crisis de los ganaderos a los que no les recogen la leche a pesar de que han hecho todo lo que les han mandado, lejos de los que presumen de lo rápido que viene el AVE y de los que protestan porque tienen que ir muy despacio por las maltrechas carreteras de sus pueblos. Por suerte, acabé encontrando un lugar en el consumar mi desconexión, un lugar en el que tenía la certeza de que no me iba a encontrar a nadie y en el que, al fin, iba a estar lejos de los problemas de León y de los leoneses. Ayer estuve en Villalar.
Añadir La Nueva Crónica como fuente preferida de Google de forma gratuita
Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.