Cuando esto escribo lo hago como consecuencia de algo que hace unos días, en un partido de fútbol por televisión, pude observar al salir los jugadores de los vestuarios dirigiéndole al terreno de juego.
Para los que nacimos y fuimos bautizados como cristianos practicantes, lo fuéramos o no, esto nos recuerda como al salir a jugar en cualquier campo o cancha deportiva, nos persignábamos como solicitando ayuda para poder alzarnos con el triunfo. Yo, con más edad, pensaba, si todos los que jugábamos, o jugaban por aquel entonces, éramos creyentes ¿por quien se inclinaría Dios?
Creo que muchos de nuestra generación, como de los de las anteriores, tampoco entendíamos muy bien como, cuando veíamos a un sacerdote, acudíamos raudos y veloces a besarle la mano como gesto de respeto y sumisión hacia una figura de autoridad católica en la tierra, según la Biblia, en la que nos habían instruido y que, mayoritariamente, practicábamos.
Casi siempre que uno sale por la calle aprecia algo que, desde hace tiempo no habías visto o habías dejado de ver, como es el besar la mano a cualquier religioso con quien te encontraras, o personas haciendo la señal de la cruz al pasar por delante de una iglesia, sin olvidar el respeto que cada uno tiene ante cualquier religión, me suscitó extrañeza el ver a una persona volverse hacia la iglesia y santiguarse.
Con el respeto que me causa todo lo relativo a la práctica religiosa, en cualquiera de sus manifestaciones, voy a entrar en algo que siendo un niño, de unos 10 o 12 años, escuché a un grupo de mozos de un pueblo de la montaña leonesa, mientras exponían la broma que relato a continuación, cuando las esperadas diversiones tenían lugar sustituyendo la falta de electricidad. El caso era que un popular personaje del pueblo montañés, y que imponía respeto entre los jóvenes por su frondosa barba, se encontraba echando una breve siesta mientras cuidaba un rebaño de ovejas al atardecer, cuando uno de los mozo tuvo la original idea de traer una bola de sal , junto a una pequeña imagen de una virgen de escayola, y con una linterna alumbrando a la citada imagen, al despertarse, ya de noche, y ver a las ovejas lamiendo la sal a los pies de la imagen salió corriendo despavorido gritando: ¡Milagro, milagro!
Esto, junto con el amplio acervo cultural con que se cuenta, forma parte de todo lo vivido y que, a pesar de los años pasados, permanece intacto entre nuestros recuerdos.
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