Los productores de Netflix ya exigen a los guionistas que, por mucho que se complique la trama, cada poco tiene que haber una escena o por lo menos un diálogo que resuma lo haya pasado hasta entonces en la película o en la serie, para que así cualquiera se pueda enganchar cuando lo desee. Antes los espectadores nos dispersábamos zapeando desde nuestro sofá, pero ahora vivimos en un zapping permanente que califican con otra palabra anglosajona, scroll, aún más peligroso. Caminamos mirando una pantalla, hasta cruzamos los pasos de cebra mirando una pantalla y, cuando estamos en el sofá, no nos conformamos con una sino con dos pantallas, lo que termina de diluir nuestra atención y hace que cada vez digamos más lo de: Entonces, ¿de qué estábamos hablando?
El resultado es que nuestra concentración dura menos que un control de la Guardia Civil, que por lo general son como los encuentros con una ex: intensos y dolorosos, pero breves. En ambos casos te quedas varios días pensando que "tenía que haberle dicho...". Al menos los controles que yo me encuentro últimamente así lo son: en Moral del Condado te hacen la foto y en Santibáñez del Porma te la enseñan. Si serán breves los controles de la Guardia Civil que a Catalina Grande Piñón Pequeño le dio tiempo a meter uno entero en una de sus explosivas canciones: «Buenas tardes, caballero. Saque la boquilla y póngala en el agujero. Positivo, caballero. Y encima circulando a 60 por en medio un pueblo. Menudo vertedero. Huelen raro las colillas de ese cenicero. No se enfade caballero, por su seguridad. No lo hacemos por dinero», rima O Rey Verderón. No es parte de la letra: es toda.
En cambio, a la portavoz parlamentaria del Partido Popular, la leonesa Ester Muñoz, la retuvieron más de una hora en un control. Lo confesó esta semana sin que nadie se lo hubiera pedido, cuando estaba diciendo que no tenía nada que decir, el terreno perfecto para meter la pata, de la detención de un soldado español por parte del ejército israelí. No fue una frase sacada de contexto, no fue un titular malintencionado ni la fogosidad de un debate (¿qué habrá sido de ellos ahora que sólo se escuchan y se aplauden a sí mismos?), sino la constatación de que moverse en el limbo entre la valentía y la temeridad te puede hacer viral y procurar ascensos meteóricos pero, tarde o temprano, acaba pasando factura en forma de autocombustión. Le está lloviendo todo lo que había sembrado y, claro, la tormenta puede durar hasta el verano, no el que viene sino el siguiente, que es cuando se supone que habrá elecciones generales.
Ya puede haber astronautas descubriendo la cara oculta de la Luna que, aquí, seguimos prefiriendo mirar al dedo. Hay que tener en cuenta que vivimos en un país en el que si un empresario defrauda a Hacienda acaban condenando al Fiscal General del Estado. Eso sí que es la auténtica ‘marca España’. Tenemos otras pruebas a lo largo de la historia, reciente y remota, como el hecho de que el primer condenado del caso Gürtel fuese el juez Baltasar Garzón. Por lo que respecta a la política de Valencia de Don Juan, el circo de los medios se lanzó a buscar el motivo por el que había estado más de una hora en un control de la Guardia Civil, dando lugar a sesudas cábalas como que estaría borracha o que se negaría a un registro, convirtiendo en tema secundario lo que en realidad es lo más grave: que el PP siga defendiendo a Israel a pesar de todo. En realidad es algo que a nadie debería sorprender si no es porque aquí somos tanto del dedo y tan poco de la Luna: si no fueron capaces de condenar un genocidio más que con la boca pequeña, ¿alguien esperaba que dijeran lo contrario de la detención de un soldado español al que, encima, le debieron de dar un par de tortas?
Hubo otros titulares esta semana que dieron lugar a pruebas empíricas de que nos preocupa más la forma que el fondo: «Miss Asturias sacaba libros en una biblioteca para tener algo que leer durante su jornada laboral». Generó tal debate sobre si las misses leen o no leen que ya parecía lo de menos que una de ellas hubiera sido enchufada en Adif sin formación y sin más obligaciones que las que le impusiera su valedor. Ahí también está lloviendo todo lo sembrado y tiene pinta de seguir lloviendo hasta dentro de dos veranos.
Tapando un escándalo con otro, pasando con obscenidad de un bombardeo a una receta, la combinación de política y tecnología diluye por completo nuestra capacidad de concentración y eso nos hace cada vez más manipulables. A mí esta semana me enseñaron el poder de la inteligencia artificial y me advirtieron que «igual lees cosas que no te gustan», lo que me puso a la defensiva desde el principio. Decía de mi estilo que era «institucional pero con filo», lo que no me terminaba de convencer; que mostraba mis ideas con «claridad y economía expresiva», lo que ni fu ni fa; que «tenía un punto de mala leche bien administrada», lo que la verdad es que no me disgustaba; y, cuando parecía que nos empezábamos a entender, resulta que me propone que para esta semana escribiese un artículo sobre el enfrentamiento entre los líderes local y provincial del PSOE porque era un tema «muy de tu estilo», lo que sí hizo que la maquinita me tocara definitivamente los cojones (por muy lista que se crea la IA, no se entera de que ese ruido es el dedo y la Luna está en la Mesa de las Cortes), así que decidí escribir antes sobre cualquier otro asunto, desde la duración de los controles de la Guardia Civil a las letras de mi grupo favorito, porque, al final, tal y como están las cosas, ya se puede considerar todo un éxito que haya atrapado tu atención durante dos minutos y hayas llegado leyendo hasta aquí si ninguno de los dos nos acordamos de qué estábamos hablando, así que gracias.