El trimestre vacacional por excelencia comprende julio, agosto y septiembre. Es el momento en que afloran las ambiciones de viaje más marcadas, las preferencias evidentes. En verano es inevitable la pulsión por el mar, la playa, como imán refrescante. Sin embargo, es tiempo también para la salida cultural, la visita a lugares que permanecen en esa lista que cada uno lleva en la cabeza. Por eso, esta época pone de manifiesto los hermanamientos territoriales, las filias y la búsqueda de identificación con espacios deseados.
Dentro de los leoneses hay de todo, pero los predominios son claros: el pueblo, para la mayoría que cuenta con esta centralidad psicológica. Donde los recuerdos importan menos, están las costas asturianas y gallegas, que se ambicionan en busca de azul de mar, sidra y pulpo. Los polos culturales también ocupan un lugar: Madrid, Barcelona... Los viajes a algún destino extranjero nos dispersan: Italia, Grecia, el Caribe, Centroeuropa, como lo hacen esas visitas a la familia exiliada. Por último, está el agujero negro de los viajes a las costas del este y del sur ibéricos, clásicos sin caducidad.
En ese mapa más próximo están los territorios de hermandad. El resto pasan desapercibidos, aunque sin hostilidad. Las vacaciones reproducen así las debilidades de una autonomía disolvente, CyL, con dos territorios históricos que no se quieren. No hay interés mutuo, solo desdén. Y esa misma debilidad se aprecia en cada uno de los dos: es el fracaso de 43 años de publicidad institucional y adoctrinamiento en las escuelas. Castilla es una colección de territorios diversos sin identidad común y sin autoreivindicación. Quien no es otra cosa, es Castilla; es una región por exclusión.
A León le pasa algo así, pero la delimitación es más clara. La referencia antropológica solo encuentra dos partes, el norte y el sur. El norte de la Región Leonesa, Cisasturia, es de predominio ástur, tierra de los concejos, las aldeas semiautónomas y la comunalidad. Así forjó la singularidad de su paisaje en mosaico. El sur es la vieja Vetonia, la región de pastores de las dehesas sobre la plataforma de granito más extensa de la península, con ese peculiar escenario de tierras onduladas, calveros, berrocales y encinas.
El alto León, la Cisasturia de los ríos y vegas, se mira en el Océano Atlántico. El bajo León, la Vetonia de las inabarcables colinas de encinas, se refleja en las aguas lusas y en un sur que baila al son de chifla y tamboril. Son dos territorios de raíz arcaica que quedaron ahormados en un reino medieval; unidos por una ruta, con intereses comunes, parecidos en muchas cosas, pero ahora distantes.