Siempre es lo mismo. Cuando se vislumbra el otoño y el verano se nos va, siempre se producen las mismas conversaciones, sobre todo, entre los que teniendo años, como es el caso de los amigos Ángel Roberto y Andrés Martínez, junto con los de un servidor, van dejando el sendero de todo lo vivido dentro de la caja de los recuerdos.
«Maxi, la vista no envejece», me dijo un conocido señor de muchos años mayor que un servidor, al ver pasar a las chicas que, con los libros bajo el brazo, se dirigían al Instituto femenino y eso que por aquel entonces no había irrumpido en la clase femenina la arrolladora ‘minifalda’ que tantos gustos y disgustos dio, en unos casos por llevarla demasiada corta y en otros por lo contrario.
Yo creo que por los años sesenta, a los que, mayormente me refiero, no hacía el calor que desde hace tiempo venimos soportando, lo cual también es motivo para entablar conversación entre los amigos y vecinos de ascensor. El tiempo siempre ha sido una buena disculpa para establecer un diálogo en los distintos lugares en los que se tiene que compartir algún espacio común. El ascensor es propio para empezar la conversación sobre la meteorología del día mientras alcanzas el piso deseado.
En fechas pasadas, con motivo de hacer un corto viaje a una localidad cercana, pude rememorar, por unos momentos, lo que para la gente joven y menos joven, supuso el tener la ansiada bicicleta, que no todos teníamos, pero que, a costa de sacrificar la propina dominguera, apelábamos al sistema de alquiler por periodos de media hora (el dinero daba para lo que daba) compensando aquello que no tenías pero que no renunciabas a no sentir lo que algunos otros chicos del barrio tenían. Aquello sí que era ‘contra reloj’, pues como te excedieras un tiempo por encina del que habías contratado te llevabas la consiguiente reprimenda del dueño de garaje, que te las alquilaba, no sin antes echar una mirada al vehículo para comprobar a la vuelta que se encontraba en el mismo estado de cómo lo habías llevado.
Esto viene a colación por lo que el pasado sábado al ir a ver a un familiar una localidad cercana, y al tomar una bebida refrescante en la única terraza existente en el pueblo protegida del sol, observé con satisfacción como dos niños de unos diez años montaban en las bicis, disfrutando del poco verano que iba quedando entes de enfrentarse al temible colegio.
Recuerdo una gran película escrita por Fernando Fernán Gómez y ambientada en la terrible guerra civil con el siguiente titulo: ‘Las bicicletas son para el verano’, lo cual, aunque con diferentes evocaciones, siguen teniendo mucho de cierto. Porque si, como es de desear en estas fechas, sigue siendo bienvenido el calor en esas fechas, sin apelar al cambio climático ni a nada que se le parezca, que nos dejen el invierno para más adelante que para ello tiempo habrá.
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