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¡Cuánto te quieren!

22/02/2026
 Actualizado a 22/02/2026
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Esta semana conocí a un personaje que quiere afiliarse a un partido político y no es capaz. Un temerario. Lo ha intentado todo, ha rellenado todos los formularios, ha dejado su número de teléfono y su número de cuenta y lleva más de un año esperando a que le pasen la cuota correspondiente.Tiene clara su ideología, tiene claro por qué se quiere afiliar y, además, tiene algo que no tienen prácticamente ninguno de nuestros representantes políticos: tiene tiempo y tiene dinero. Estos dos últimos condicionantes podrían asegurar que no se mete en política para conseguir un sueldo que en el sector privado le sería inalcanzable, sino que su experiencia en gestión y la administración le podría permitir ser mucho más eficiente que la mayoría de nuestros actuales dirigentes. Pero eso mismo es lo que le convierte en un individuo muy peligroso. Sólo quiere trabajar por su pueblo, de cuyo nombre no quiero acordarme, y ya le expliqué, a mi pesar, que los partidos políticos, por lo general, funcionan de forma demasiado parecida a los pueblos: suele haber dos bandos y, aunque no quieras, por el simple hecho de saludar a un vecino ya te has declarado enemigo de los demás. 

Una persona trabajadora y sin nada que ganar resulta muy peligrosa en cualquier partido político por un motivo fundamental: el miedo a que retrate al resto. La contradicción se ha instalado en quienes dicen tener vocación de servicio público hasta el punto de que todo el mundo desconfía de alguien con ganas de trabajar a cambio de nada. Y si es eficaz, peor. ¿Cómo le vamos a poder después parar los pies? ¿Con qué le vamos a amenazar? ¿Habrá forma de garantizar que vote lo que le mandemos que votar? ¿Y si empieza a pensar por sí mismo? ¿Y si acaba teniendo iniciativa? ¡Átenlo!

Algunas de estas preguntas están detrás de la selección a veces de los candidatos y casi siempre de sus principales colaboradores.A menudo acusamos a los políticos de vivir demasiado alejados de la calle y quizá el problema no es solo ése sino que viven rodeados por gente que les da la razón continuamente y les hacen creer que son guapos, listos e inteligentes. Para eso, los líderes han llevado a cabo la selección de su núcleo duro y su personal de confianza, a menudo, entre individuos que confunden lealtad con sumisión y están dispuestos a llevarse la contraria a sí mismos con tal de darle la razón a quien les ha abierto camino, es decir, a quien les ha conseguido o prometido un sueldo. Eso explica que, de tan acostumbrados a tratar con fieles, para hacerse entender los líderes recurran a metáforas propias de Barrio Sésamo, hablando como Teletubies, dirigiéndose a sus votantes como si no fuesen adultos. Sí, hay excepciones, claro, pero tampoco tantas.

La elección de los candidatos es fundamental no sólo por los resultados que terminen logrando, obviamente, sino también y sobre todo por lo que supone de declaración de intenciones. Se dan muchos codazos por el número uno, batallas nada disimuladas por las rampas hacia los mejores sueldos que, cuando vienen mal dadas y la estrategia indica que es mejor volverse un caballero, cuesta echarse a un lado y ceder el turno a otro. A veces, por lo que sea, no es otro sino otra. La maniobra aparenta un reconocimiento de la igualdad, la necesidad del feminismo, una apuesta por la valía de la candidata con la que, en algunos casos, también se asume el riesgo de que supere a la de los rancios líderes. Y ya empezamos a ponernos todos nerviosos. El síndrome de que me puedan superar quienes vengan por atrás. Así que te dejo pero no me alejo, la candidata eres tú, a ver si eres capaz de minimizar el coste de mis torpezas, pero yo no puedo contener el ansia de meter codo en las fotos. 

Pasa en todas las provincias de esta comunidad de vecinos mal avenidos ahora que se acercan, con tan pocas sorpresas que ni siquiera se hacen encuestas, las elecciones autonómicas. Se presentan dos candidatos: Pedro Sánchez yAlfonso Fernández Mañueco. El resto están pero no están. Los socialistas se encomiendan a su referente nacional (será para que hable menos el autonómico) y los populares desean que no les venga a apoyar demasiado el suyo, por si es capaz de mejorar lo de «Castilla y Burgos». Los dos grandes partidos intentan diluir el resto de protagonismos en favor de sus líderes, que siguen siendo señores con corbata y discursos previsibles. La prueba más evidente de que el feminismo es lo que menos les importa a todos en estas elecciones es que ese debate lo marca Vox. Es cierto que en todo merece mención aparte UPL, con una lista también encabezada por una mujer pero, en su caso, presidenta del partido y con verdadera capacidad de decisión, lo que despeja cualquier duda sobre el oportunismo.

Más allá de los géneros y los partidos, por estos lares en la política sigue aplicándose la teoría de Atila y buscarse afines de perfil cuanto más bajo mejor. Y, si hay dudas, es preferible equivocarse por defecto que por exceso. Aunque ahora el escenario sea distinto, es algo que se aprecia mejor en las elecciones municipales, para las que, ¡horror!, ya queda poco más de un año (¡y para las generales!), cuando los candidatos veteranos se ocupan de arrasar a todo el que pueda venir por detrás, tarea en la que muestran mucha más destreza que para conseguir inversiones, haciéndose imprescindibles en su mediocridad y repitiendo esa frase tan repetida como irritante: «Yo ya no me quería presentar, pero es que... me lo piden mis vecinos porque no hay nadie más».Qué cosas. ¡Cuánto te quieren!

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