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Cuando molábamos

02/11/2025
 Actualizado a 02/11/2025
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El día que asomé a la calle por la boca del metro en la parada de Metropolitano, buscando el colegio mayor Empresa Pública, me hubiera dado exactamente igual meterme en cualquiera de los edificios que fueron saliendo a mi paso. Nunca había estado, no conocía a nadie, no había visto fotos, no había Google Maps, no había teléfonos móviles, puf, no había ni euro, puf, otro siglo, puf, otro milenio, puf, puf... Al contrario que muchos de mis compañeros, no recuerdo a quién fue el primero que me encontré al entrar, pero sí del primer veterano que se presentó y me dijo: «Usted es novato, ¿verdad? Pues en el aparcamiento hay un Nissan Micra gris que me pertenece.En el maletero hay varias maletas que me pertenecen también y que me tiene usted que subir a la habitación 214. Aquí tiene las llaves del coche y de la habitación.Cuando acabe me las trae, que le estaré esperando en el bar y le invito a una caña». Aprendí de inmediato a no dejarme ver por las zonas comunes hasta que pasara la época de novatadas.El colegio no me pareció ni demasiado bien ni demasiado mal, pero el caso es que, a los dos o tres días, supongo que por esas cuestiones de identidad en formación (como todo lo demás) los del Chaminade y los del resto de colegios de los alrededores me empezaron a parecer un poco raritos, aunque el primer día me hubiese dado igual meterme en cualquiera de ellos, mientras que los del mío ya me resultaban muy normales todos. Los del Johny, el San JuanEvangelista, que en la noche sonaba como si fuera la grada de un campo de fútbol, directamente me daban miedo, aunque luego terminaría teniendo allí grandes amigos.   

El Negro, así conocido por el color de sus ladrillos, condensaba todo el calor de la ciudad en cada una de sus minúsculas habitaciones, donde los ventiladores a duras penas eran capaces de mover el aire, reservándonos a los alojados en la quinta planta un puntito más de horno. Nos llamaban los del grill. Alguien, supongo que estudiante de alguna ingeniería, ideó una reforma exprés que consistía en arrancar la puerta del armario y meter media cama dentro de él, maniobra que todos los demás imitamos y que por unos breves instantes convertía aquello en todo un loft, aunque la ilusión duraba poco. Por raras que fueran tus costumbres, a todas horas había por el colegio mayor alguien haciendo algo interesante, desde jugar un partido de futbito de madrugada a ver una película cine iraní tras el desayuno, hasta el punto de que allí dentro se generaba una especie de universo paralelo con puntuales salidas al exterior, que podían resultar cercanas pero muy descontroladas, a los bares de la zona. El Cats de la calle Julián Romea concentraba las leyendas. Los domingos no había servicio de comedor y algunos pasillos olían a barbacoa hecha con sandwichera. 

Cuando entras a un colegio mayor tus compañeros, unos doscientos en mi caso, pasan a ser algo así como los de tu pueblo, como los de tu barrio, según la situación, unos más y otros menos, los de tu equipo si alguna vez lo tuviste. No es que te vayas a tatuar el nombre del colegio, pero el sitio queda marcado para siempre en tu vida como una especie de vértice geodésico personal en medio de Madrid. El pasado fin de semana acudí allí a un multitudinario reencuentro, yo creía que 25 años después pero en realidad eran ya casi 30, como si fuésemos viejos.Aunque, la verdad, la mayoría de mis compañeros colegiales se conservaban bastante bien, incluso alguno parecía más joven que entonces. Se te van desbloqueando recuerdos a cada paso, a cada mirada, y tuve la sensación de que una aplicación de envejecimiento de imágenes con inteligencia artificial se me había colado en la memoria. Hay unos rostros que han cambiado más, otros que han cambiado menos y otros de los que, en ese preciso instante, te das cuenta  de que no te has acordado ni una sola vez en tres décadas. Hay algunos con los que vuelves a hacer unas risas desde el primer minuto, como pasa con los buenos amigos por tiempo que lleves sin verlos, y hay otros con los que nunca tuviste nada de qué hablar y sigues sin tenerlo ahora que a todos nos han crecido las canas y las contradicciones. Se repiten los grupos, los roles en cada grupo y, por unas horas, se da rienda suelta a las batallitas, algunas de ellas forzadas y protagonizadas ya entonces, pese a nuestra temeraria ignorancia, para poder contarlas 30 años después. 

El otro día, en una esquina del patio, los colegiales del presente nos miraban de reojo durante el poco tiempo que apartaban la vista de sus teléfonos. Temí sus comentarios más que todos los reencuentros, básicamente por la certeza de que se parecerían a los que mi yo de entonces nos hubiera dedicado a un grupo de casi cincuentones dándonos la razón y contándonos historias de cuando molábamos. Ahora el colegio es mixto, por suerte, pero no tiene bar y sí tiene horarios de entrada y salida, por desgracia, así que me cuesta decidir si avanzamos o retrocedemos. Sigue conservando lo mejor, que es por lo que aún yo le seguiría recomendando la experiencia a cualquiera que se lo pueda permitir: siempre es fascinante sentarse a la mesa con uno de cada esquina de península. Por otra parte, es una cata muy real de la España de provincias en la que el patrimonio y el sacrificio de viejas generaciones se invierte en las venideras con promesas de un mayor desarrollo profesional que a muchos, todavía, les sigue pareciendo más cercano en Madrid aunque no siempre sea así, hasta el punto de que algunos, en una suerte de centralismo genético, ya consideran haber alcanzado el éxito sólo por mirar desde allí a su tierra de origen.Eso, exactamente eso, contra lo que lucho cada día desde que me fui de esa capitalona.

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