Unas cuantas piedras que me dieron en el Tirreno y que me pidieron que guardara; mi intención era desobedecer, pero, no se sabe cómo, acabaron en mi bañador y, después de recorrer miles de kilómetros por carretera, helas aquí, en la Meseta. Me gusta pensar que se sienten desubicadas, que echan de menos ser zarandeadas por las olas y rozadas por esos peces comedores de piel muerta de los pies que tan buen servicio me hicieron.
Dos abrazaderas que ni la IA es capaz de averiguar de dónde vienen. Podrían ser del freno de la rueda delantera de las bicis, pero éstas siguen frenando sin su ayuda y, por más vueltas que le doy, no sé para qué sirven.
Un adaptador de manguera de plástico para grifo exterior. Es una pieza pequeña y vieja, pero sumamente valiosa, que alguien se olvidó en la toma de agua de un camping y que decidí llevarme después de perder casi una hora intentando conectar la manguera que me dejaron (sin el citado adminículo).
Un moreno bastante importante. ¿El mejor de mi vida? Puede. Además, con el plus de que, por primera vez en muchos años, no me quemé. Por supuesto, los pestilentes aires de la capital ya están haciendo su efecto empalidecedor y la melanina va desapareciendo de mi epidermis ya no tan bronceada. Una pena.
Los libros que me llevé. Tal cual los metí. Sin abrirlos siquiera. Un auténtico bochorno.
La agridulce sensación de no saber qué ha pasado en el mundo, aunque con la sospecha de que las cosas feas seguían su curso. Por primera vez en sabe dios cuántos veranos, no me llevé el ordenador (ganas de andar pujando con él, la verdad), lo cual provocó que lo poco que me tocó escribir tuviese que hacerlo con el teléfono móvil (pido disculpas). Aunque lo verdaderamente doloroso al volver ha sido descubrir hasta qué punto determinados asuntos no se han movido un milímetro. Me refiero, por supuesto, a Ceuta. Miles de personas abandonadas a su suerte durante un largo mes mientras lo único que se sabía del número Uno del Gobierno era que había dejado una playlist de temitas fresquitos para el verano. Una ausencia que sirve para constatar cuán poco le importa la gente a quienes gobiernan. Al menos, en las manifestaciones de apoyo a Ceuta de esta semana se ha podido ver, una vez más, que los humanos de a pie nos seguimos apoyando entre nosotros. Tal vez sólo sea con la voz, diciendo: «Aquí estamos». Pero resulta bastante más de lo que ofrecen los poderosos, con su tendencia a ignorar el sufrimiento de los de abajo.
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