30/08/2026
 Actualizado a 30/08/2026
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Estos días de tardoverano me ha tocado jugar con el pequeño David al parchís, que él llama ludo, como en Chile. El cabroncete me ganó siempre, aunque en alguna ocasión, me enterneció su encanto cuando yo no huía lo suficientemente rápido de sus fichas y éstas terminaban comiéndose a las mías, o cuando él no contaba del todo bien y yo lo dejaba pasar. Pienso entonces en cuando yo tenía su edad y me ponía ‘trampilleiro’. Una victoria que no servía para nada, que no te hacía sentir mejor sino peor, con ese regusto químico de la trampa que se parece mucho al de la mentira.

Cuento esto porque llevo unos días dándole vueltas a unas declaraciones de Katherine Maher, la directora de la radio pública norteamericana NPR, que decía algo así como que nuestra reverencia por la verdad se había convertido en una distracción que nos impide alcanzar consensos y hacer cosas importantes. Lo decía, además, con esa entonación tranquila y bienintencionada de quien está convencido de estar diciendo algo razonable, casi terapéutico, y no una de las frases más inquietantes que le he escuchado a alguien que dirige un medio de comunicación.

Porque ahí está el truco: nadie propone mentir. Eso sería vulgar, se detectaría enseguida. Lo que se propone es dejar de venerar la verdad, tratarla como un capricho anticuado, una manía de abuela que estorba en la mesa de negociación. La verdad pasa de ser el suelo sobre el que se pisa a ser un mueble incómodo que hay que apartar para que quepan todos en el salón. Y el consenso, esa palabra tan bonita, tan de asamblea de vecinos, se convierte en la excusa perfecta: como todos tenemos que estar de acuerdo, mejor no removamos demasiado los hechos, no vaya a ser que alguien se ofenda con ellos.

He pensado en Winston Smith corrigiendo periódicos en el Ministerio de la Verdad, claro, es inevitable, pero también en algo más doméstico: en esas comidas familiares en las que alguien dice «bueno, no discutamos, dejémoslo así» justo cuando la conversación empezaba a acercarse a algo cierto e incómodo. El consenso de sobremesa, el que compra la paz al precio de la lucidez.

Lo grave no es que a alguien se le escape esa idea en un vídeo. Lo grave es el cargo que ocupa quien la pronuncia, y la naturalidad con la que la pronuncia, como si fuera un ajuste de estrategia y no una rendición. Porque cuando el guardián de los hechos empieza a hablar de la verdad como de un obstáculo, lo que queda no es consenso: queda, simplemente, la ficha movida dos casillas de más y todos fingiendo que no ha pasado nada.

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