La enésima influencer de moda se paseaba esta semana por la costa de Almería denunciando que aquello también es la España Vacía, que la fama se la llevan inmerecidamente los pueblos de adobe cuando las urbanizaciones con piscinas infinitas, palmeras alineadas y vistas al Mediterráneo también están, al menos en esta época, llenas de persianas bajadas. La influencer, con ese repulsivo tono de quien además de enseñarte lo que no te puedes perder te habla como si fueras lerdo, decía que era una auténtica pena que todas las casas y apartamentos que salían a su paso mientras caminaba por la playa, la deseada primera línea frente al mar, fuesen únicamente segundas residencias o viviendas turísticas, porque el resultado es que sólo se llenan durante los meses de verano y el resto del año presentan un aspecto fantasmagórico pese a estar rodeadas por lo que cualquiera puede considerar un paraíso. Le parecía una obscenidad que hubiera miles de apartamentos cerrados ocho o nueve meses al año mientras media España no puede permitirse pasar allí ni una semana. Y otra media, añado yo, ni siquiera puede tener acceso a una primera residencia.
En el siempre sosegado debate de las redes sociales, las respuestas no se hicieron esperar: «Pedazo de guarra, yo tengo mi segunda residencia ahí porque me he esforzado mucho y ahora no la puedo disfrutar porque estoy trabajando. Sin embargo tú no tendrás casa pero tienes tiempo para andar por ahí ahora y opinar sobre la vida de los demás», le increpaba un cobarde que firmaba seudónimo y que en su respuesta llevaba, en cierto modo, su propia condena.
No es muy diferente lo que pasa en las urbanizaciones de la costa que aún no han sido colonizadas por jubilados o teletrabajadores extranjeros de lo que pasa en nuestras ciudades, donde el centro ha ido expulsado a los vecinos para dar la bienvenida a los visitantes. Los lugares mejor situados se han convertido en viviendas de uso turístico que hacen, por un lado, que todas las ciudades parezcan la misma y que lo que pasa en las grandes acabe pasando en las pequeñas, a veces sin motivo. Soluciones no, pero en imitar los problemas somos especialistas. En la mayoría de las ciudades españolas, como pasa en León, los vecinos sienten que el centro ya no les pertenece, porque han comprobado que se prioriza al que consume sobre el que habita. El problema es que el modelo se replica y esos mismos urbanitas que huyen porque ya no reconocen su ciudad llegan después a los pueblos, ese parque temático sentimental de nuestro tiempo, buscando más espacio, mejores precios y, si coincide, también autenticidad, todo ello para repetir exactamente el mismo proceso: subir el coste de la vivienda, transformar las costumbres y convertir los lugares en decorados de fin de semana. Es otra de esas contradicciones como pedir soluciones a la falta de vivienda pero yo tengo ya dos pisos y si puedo compro otro para alquilar porque es donde mejor está el dinero: huir de la ciudad porque nos ofenden los visitantes y, en unos pocos kilómetros, somos nosotros los que nos convertimos en visitantes que no se preocupan por los habitantes de los pueblos que, de alguna manera, invadimos con el argumento de que también son nuestros.
Es el principal motivo por el que nuestros pueblos, salvando las insalvables distancias, se parecen cada vez a esas urbanizaciones costeras que durante el invierno casi dan miedo de tan vacías: lugares en los que vives rodeado por el paraíso pero lejos de cualquier otro ser humano, en los la que dictadura de las persianas hace que uno sienta el vacío con mayor crudeza que ante cualquier descampado. Sin llegar a alcanzar los precios de la costa, sin llegar a amontonar sombrillas con la misma ansiedad, en nuestros pueblos también el lleno está garantizado en agosto, así como las quejas porque la marabunta desborda todos los servicios públicos, por mucho que hayan mejorado en los últimos años. Y no se te ocurra hablarles de hacenderas, claro.
Nadie espera soluciones de la política mientras la economía sigue devorándolo todo. Es el mercado, amigo. De hace un tiempo a esta parte, el principal cometido de nuestros representantes es aparentar que mandan algo, por eso son cada vez más lo que quieren hacer política de Instagram, el reino de las apariencias. Ante este panorama, donde se pueden encontrar soluciones más fiables es en la semántica, si aprendiéramos a diferenciar entre militantes, que es de lo que más queda en los pueblos, y los verdaderos habitantes; si supiéramos valorar a los vecinos por encima de los visitantes. Esta semana perdimos una buena oportunidad de pedir que nos aclarasen el significado de estas palabras los miembros de la Real Academia de la Lengua, que celebró un pleno extraordinario en León.En cambio, lo que sí les pedimos fue que incluyeran en el diccionario ‘papón’ y ‘bracero’ y, de paso, que eliminasen ‘castellanoleonés’.Toda una declaración de intenciones. Como son muy educados, dijeron que sí, sí, que ya te lo miro. Y como no son precisamente modernos, les dijimos que muchas gracias y que aire, que no nos hacía falta que ninguno de ellos se quedara a participar en nuestra feria el libro porque aquí nuestro gran referente literario, como saben vecinos y visitantes, habitantes y militantes, es Bob Pop. También se anuncian, para el verano, las actuaciones de Alaska y Gurruchaga. Nos está quedando una provincia preciosa. Primera línea, con vistas a la era.