Hoy, como muchos otros días, me encontré con el gran amigo y flamante de director de la querida Coral Isidoriana Teodomiro Álvarez, sucesor de quien, después de que un ataque al corazón se llevara al otro mundo, Felipe Magdaleno Bausela, quien, además de organista y meritorio fundador de la Coral Isidoriana, a la que tuve el honor de pertenecer durante uno cuantos años, fue nombrado canónigo y Maestro de Capilla de la Colegiata de San Isidoro de León, he de decir que por una decisión espontánea después de haber asistido con mi amigo, y gran amante de la música, Jose Manuel Morán y un servidor, al gran concierto que ,cada año en Sábado Santo, tiene lugar en Semana Santa, en la Colegiata. Con la decisión tomada nos presentamos ofreciéndonos a ser miembros de la citada Coral, lo cual le causó cierta extrañeza pues no era normal, ni creo que lo sea ahora, que dos personas, cierto que con ciertos conocimientos de música, se ofrecieran voluntariamente a formar parte de la citada agrupación. Lo cierto fue que, después de una sencilla prueba, fuimos admitidos sin mayor problema. Aquello, además de la satisfacción personal que nos produjo dando muchos conciertos, dentro y fuera de la provincia, sobre todo cuando los pueblos estaban habitados y la coral era recibida con los brazos abiertos, nos creo un amplio grupo de amistades que enriquecieron nuestra convivencia. A pesar de las falta de muchos de aquellos compañeros y compañeras, la Coral sigue viva de la mano de Teodomiro, aunque con los años que van pesando, y con los sacrificios que comporta, sigue dando satisfacciones allí por donde se presenta. Teodomiro y un servidor tenemos la misma edad y vivimos a pocos metros uno de otro, lo que nos permite cambiar impresiones cada vez que coincidimos. A lo que me quiero referir es a lo que comentamos sobre un amigo y miembro también de la Coral en los años setenta y siguientes, algo que me llamó la atención al ser invitado a su casa, como fue ver, dentro de un cuadro de cristal, una coleta de pelo natural de una hermana suya que, al haber tomado los hábitos e ingresado en el convento, se cortaban su cabello y se les retiraba los adornos, si los tuvieran, y se les sustituía con el velo confeccionado con la tela del hábito. Finalizo esta colaboración recordando al citado amigo Tomás, así como a todos los amigos y amigas de la Coral de aquellos años, con quienes tantos buenos momentos pasé. En fin, seguiré comentando con D. Teodomiro y con Fita, aunque no nos vemos mucho, la cual, a pesar de ser gallega-leonesa, lleva la Coral en el corazón., recordando a los ausentes.
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