No sé bien por qué (bueno, en realidad sí que lo sé), el otro día se descongeló un recuerdo. Cursando 3º de BUP, los hermanos maristas tuvieron a bien organizar una charla sobre drogas.
Para ello, trajeron a antiguos drogodependientes de una asociación (religiosa, al parecer) dedicada a la reinserción. Eran un grupo dispar de tres tipos, cada uno con una personalidad diferente. El líder era un barbas que nos contó su experiencia con los estupefacientes. Historias loquísimas de viajes los domingos a Mieres, donde las rapazas de 15 años metían rayas de speed en los bancos de los parques mientras los bebés jugaban al lado. También nos relató que había determinadas drogas, como los tripis, que ellos se metían para flipar con cierta música, por ejemplo Pink Floyd.
La idea era, lógicamente, advertir de los peligros de las sustancias. Aquellos ex adictos pertenecían a una generación en la que la falta de información había causado estragos. Uno de ellos explicó que él y sus colegas habían caído en la heroína porque empezaron a metérsela para bajar los colocones de cocaína. Nosotros, los más jóvenes de la Generación X, teníamos algún conocimiento de aquello: había quien tenía un primo mayor yonqui y quien más quien menos había pasado por la experiencia de que le diesen un palo unos semidesdentados heroinómanos. En realidad, había una psicosis general respecto al jaco, antes de la exaltación opiácea de Trainspotting, y estaba extendida la idea de que el resto de las drogas no eran sino una puerta de entrada al destino final de una sobredosis a lo Janis Joplin.
Sin embargo, aquella charla y toda la información desplegada tuvieron un efecto indeseado: la curiosidad. Más que las historias de superación a través de Jesucristo, lo que nos motivaba era el descubrimiento de prácticas desconocidas. «¿Qué efecto tiene el éxtasis? ¿Qué es un chino? ¿Cómo se prepara? ¿De verdad es un porro con papel albal?».
A medida que avanzaba el turno de preguntas, se podía percibir el nerviosismo cada vez mayor de los hermanos. Tal vez no había sido una buena idea proporcionar tantos detalles a aquella masa de tardoadolescentes repletos de hormonas en los tiempos preinternet. Al día siguiente no se hablaba de otra cosa en el patio, enfebrecidos y fascinados con todo aquello.
Luego la vida te acaba llevando por lugares sombríos (suicidios, despedir a amigos que ingresan en desintoxicación, gente que sucumbe a los abismos de la adicción), pero entonces la sensación era muy otra: si lo que querían era meternos miedo, acabaron consiguiendo lo contrario.
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