Semana celestial. Maravillados todos con el firmamento. Una imagen: la de la NASA para mostrar al mundo entero el eclipse total, tomada aquí, en San Millán de los Caballeros. El sol negro, asombroso y mágico, en un espectáculo increíble.
Por aquí lo vimos en un camino al lado de una viña, junto a unos 25 eslovenos, adultos y niños, que se habían recorrido media Europa para beber champán y vino entre los locales. Nosotros descubrimos el sitio tras los 5 kilómetros documentales que nos organizaron para conocer la zona. Pensamos que no nos íbamos a encontrar a nadie y había más gente que en la guerra. El caso es que estábamos comentando que tal había sido un poco exagerado lo de los ex yugoslavos (igual que lo de los guiris que coparon Las Lomas) cuando el último punto de luz desapareció en las gafas especiales. Nos las quitamos y Julia exclamó “¡Qué guapo, tú!”, una frase amplificada tecnológicamente. Inmediatamente nos pusimos a buscar alojamiento en Cádiz o Málaga para ver el del año que viene.
Días de felices coincidencias. A veces cuesta crear la fundamental: el Sol es 400 veces más grande que la Luna, pero está justo 400 veces más lejos, por lo que ambos cuerpos encajan perfectamente en eclipses como el del miércoles. El primero total en la provincia de León en 121 años. De igual manera, el fenómeno coincidió a su vez con la lluvia de las Perseidas, las Lágrimas de San Lorenzo. Por si no hubiera sido suficiente mirar al cielo, por la noche nos tumbamos en las hamacas que habíamos subido a la viña, a ver si aparecía alguna estrella fugaz. Hablando de cualquier cosa, de repente una estela cortaba la conversación con un grito simultáneo, salvo algún despistado que estaba descansando el cuello o mirando para otro lado.
Resulta curioso que haya que esperar a que sucedan estas cosas para volver a mirar hacia arriba. Nos pasamos la vida con la cabeza inclinada hacia una pantalla, pendientes de asuntos que parecen urgentísimos y que a los dos días ya nadie recuerda. Entonces la Luna se coloca durante un minuto y medio delante del Sol, se hace de noche a media tarde y 25 eslovenos, unos cuantos leoneses y quién sabe cuántos millones de personas hacen exactamente lo mismo: levantar la cabeza y quedarse con la boca abierta.
Luego vuelve la luz, se descorcha otra botella y cada cual continúa con sus cosas. Los cuerpos celestes siguen por ahí, entregados a sus movimientos desde mucho antes de que llegásemos nosotros y seguramente hasta mucho después de que nos vayamos. Tal vez por eso impresione tanto contemplarlos. O quizá sea algo mucho más sencillo: que, por una vez, estábamos mirando para el lado correcto.
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