Venía de recoger a mis nietos a la salida del colegio cuando nos paramos unos momentos para ver un pequeño insecto andando por el verde. Aal tiempo que yo hice un ademán de cogerle, escuché una advertencia por parte de mi nieto, que me puso en el lugar que debía estar cuando me dijo: «Abuelo, a los animales no se les debe matar, tienen derecho a vivir».
Entonces me vinieron a la memoria aquellas tardes veraniegas en las que los chavales del barrio nos dedicábamos, tirachinas en mano (tirador le llamábamos), a la caza de pardales, jilgueros y todo lo que se nos pusiera por delante sin piedad alguna. Eran pocos los chicos que tenían escopetas de perdigón, yo nunca tuve una debido a lo que entonces costaba, además del riesgo que suponía jugar entre los chicos del barrio con semejante arma y lo inconscientes que éramos entonces. Volviendo al tirador, o tirachinas, aunque nosotros lo conocíamos como «tirador», estaba construido de manera artesanal con dos tiras de goma de las cámaras de las ruedas de los coches que, generalmente, nos las facilitaba el zapatero del barrio a un módico precio, o sin coste alguno. Así se transformaban en armas mortales frente a los inocentes animales en las incursiones que, como he mencionado, hacíamos los chavales de la barriada en lugar de preparar los exámenes que ya se acercaban por estas fechas.
Yo tuve una mala experiencia que me dejó marcado hablando de ir a cazar pájaros, como fue estando en un pueblo de la montaña con una escopeta de perdigón de un familiar. Tiré a un pájaro con tan mala suerte para el animal quen fue alcanzado por un balín cayendo al suelo mortalmente herido, si bien con nuestra rápida intervención, y una cura de urgencia, logramos que el pájaro saliera volando sano y salvo, aunque la sensación de culpabilidad perdura en el recuerdo.
Por ello, y volviendo a la corrección que me hizo mi nieto al pensar que lo que yo pretendía era deshacerme del insecto de una manera violenta, uno se vuelve mucho más humano recordando aquellos años en los que en nada se tenía en cuenta a la hora de tratar a los animales, sobremanera a los perros que andaban por las calles a su libre albedrío, tratando de evitar a los laceros del ayuntamiento y a las temibles perreras así como a ser sacrificados.
Hoy, como dirían en el texto de la conocida zarzuela ‘La Verbena de la paloma’: «Hoy los tiempos han cambiado que es una barbaridad». Quien nos iba a decir a los niños de entonces que los animales iban a tener una vida llena de comodidades. Hoy, que nadie dude de la función social y de acompañamiento que la raza canina, fundamentalmente, lleva a cabo llenando de vida la soledad de muchas personas.