Yo también he sido uno de esos prisioneros de Platón. No de los que añoran la salida al exterior, sino de los que se acomodan en la piedra, cruzan las piernas y empiezan a comentar las sombras como si fueran la verdad definitiva. «Es ésta una extraña escena y unos extraños prisioneros», dice Glaucón a Sócrates, y yo asentía sin darme cuenta de que hablaba de mí: atendiendo a perfiles ajenos como si fueran personas, dando por buenos los destellos de un algoritmo que confundo con ideas propias, celebrando con entusiasmo infantil cada nueva distorsión proyectada en el muro.
Quizá porque en mi adolescencia había cavernas más sencillas: el salón con luz ámbar, la tele única, cuatro canales y la certeza de que aquello era la realidad. Hoy las sombras se han multiplicado de manera obscena. Basta deslizar el dedo para que aparezca un nuevo profeta de gimnasio, un político chillón o un chiste que sólo entiende un tipo en Wisconsin. Y uno sigue ahí, cómodo, opinando sobre una penumbra que nunca estuvo hecha para nosotros.
La parte divertida –o humillante– llega cuando creo haber visto la luz. Salgo un día al mundo real, cierro redes, miro a la gente en el autobús. Me doy una importancia absurda: pienso que ya no soy prisionero, que he alcanzado esa claridad que sólo poseen los filósofos y los que regresan de un retiro de fin de semana en un balneario con desayuno buffet. Pero basta un rato muerto para recaer. Abro el móvil, vuelvo a la caverna y me instalo otra vez en la comodidad del brillo tenue. Como si me pasara lo mismo que al chaval que un día ganó una carrera por accidente y se creyó atleta.
Hace poco, caminando por la ciudad de madrugada –esa hora en la que todo parece más verdadero– miré las ventanas encendidas y pensé que cada una era otra caverna, otro teatro de sombras. Gente sola, o acompañada, riéndose de algo que no existe, discutiendo con un desconocido o convencida de que su pequeña sombra importa. Me pregunté si todos, en el fondo, no preferimos esa ficción manejable a la luz cegadora de la salida.
Porque lo que de verdad da vértigo no es descubrir que vivimos entre apariencias, sino aceptar que nos gustan. Que incluso cuando alguien nos arrastra hacia afuera, acabamos regresando al interior, buscando un lugar caliente en el que las sombras nos parezcan –al menos por un rato– más soportables que la realidad.