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Castigos en varias épocas

Jubilado
29/09/2026
 Actualizado a 29/09/2026
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El castigo es algo que ha estado presente desde que el mundo existe. La presencia del mismo ha sido debida a corregir comportamientos presentes no deseados impuestos por quien tiene más poder, o está por encima, de quien los sufre. Son innumerables los casos a relacionar, como si de un catalogo se tratara, sobre la variedad de comportamientos que bajo el nombre de «castigo» han estado presentes entre la humanidad.

Es fácil recordar, entre los que fuimos a la mili o a cumplir el servicio militar obligatorio, aunque fuéramos voluntarios, aquellos que por un quitame allá esas pajas tuvimos o tuvieron que sufrir las iras de los superiores que, la mayoría de las veces solían ser inferiores. Algo que los que la pasamos y hoy tienen, más o menos, la edad mía, era el escarnio público a que nos teníamos que someter, por ejemplo, cuando por haber cometido una pequeña falta te cortaban el pelo al cero, entre otros, algo que hoy no tiene importancia debido a que socialmente está considerado como normal pero entonces era una señal que te marcaba haciéndote reo de un supuesto mal comportamiento.

Esto tenía una repercusión entre la ciudadanía pues, al ver a un soldado con el pelo al cero, mucha gente se paraba y decía: «Algo habrá hecho». Aunque quienes no la pasaron, como es lógico, no sintieron en sus carnes lo que era la obediencia debida y como tal había que pagar.

Como de la mili no voy a contar, bastante habrán contado en las casas los que la pasaron recordando aquellas advertencias que te hacían cuando, antes de ingresar en filas, te decían «ya verás cuando vayas a la mili, allí te van a espabilar».

Y sin más comentario sobre la mili, por el momento, me voy a centrar a lo que en días pasados subiendo unas escaleras de madera, y luego bajándolas, naturalmente, me vino a la memoria lo duro que fueron aquellos trabajos de fregar escaleras, sentencia con la que amenazaban a las chicas que eran malas estudiantes, haciéndolo de rodillas, con estropajos y con arena para que raspara bien la madera del piso. Con lo bueno que hubiera sido la utilización de la fregona actual, con escurridora, sin tener que pasar por la mencionada tortura de hacer la labor con mucho menos esfuerzo, y sin que las rodillas tuvieran que soportar la tortura que suponía trabajar desde el suelo y con las manos a temperatura ambiente, sobre todo en nuestros queridos inviernos.

Me despido recordando la famosa frase que, en la mayoría de las casas en las que había chicas (hoy también valdría para los chicos), sin ningún demérito, se decía: «Como no estudies, ya sabes, a fregar escaleras», que solía ser el trabajo que, mayoritariamente y con toda dignidad, realizaban aquellas personas carentes de otras oportunidades.

Mi reconocimiento, sin paliativos, a las personas que a base de sacrificios encomiables supieron sacar adelante a sus familias.
 

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