Hay en la calle Cartagena un pequeño bosque. Se contempla a través de un acceso de garajes, en lo que creo recordar que fue la entrada a los talleres del periódico que precedió a éste. Tal vez fuese un patio de luces o uno de esos espacios que quedaron sin edificar en pleno frenesí urbanizador.
El caso es que el pequeño bosque tiene hasta higueras. Miro sus hojas lobuladas y pienso en la eternidad. Quizá porque uno de los árboles más antiguos del mundo, el Jaya Sri Maha Bodhi de Sri Lanka, es una higuera pipal nacida de un esqueje del árbol bajo el cual Buda alcanzó la iluminación hace veinticinco siglos. Las pocas veces que he caminado por la selva me he topado con parientes de las leñosas de la calle Cartagena, con sus contrafuertes dispuestos a resistir más allá del final de la humanidad. Es precisamente lo que han hecho en aquellos templos abandonados hace siglos en Camboya o Guatemala, donde la vegetación ha engullido sillares y esculturas y donde casi siempre asoma alguna inconfundible hoja de higuera.
El edificio que separa nuestro jardín salvaje del tráfico está de obras. Los huecos de las ventanas, despojados de jambas y dinteles, enmarcan la vegetación al otro lado de los muros. Si supiese hacer fotografías le sacaría alguna, pero no recibí ese don. En lugar de eso, intento imaginar qué tuvo que ocurrir para que todo aquello prosperase de manera tan exuberante. Si hizo falta la mano del hombre o bastó, sencillamente, con dejar que la Naturaleza -nunca mejor dicho- siguiese su curso.
Pienso también en el deseo, muchas veces estéril, de renaturalizar las ciudades. «Refugios climáticos» con cuatro mangueruchas que, en demasiadas ocasiones, parecen surgir de ocurrencias de ricos aburridos. Hay pocas cosas más urbanitas que pretender una reconversión del hormigón. En los bordes de las ciudades, donde los pijos no ponen un pie, la pugna entre el ser humano y el campo es constante. En el prado que separa la Ronda Este del Polígono X tenía una cabaña, bajo un nogal, un hombre al que mi padre llamaba El Ermitaño. Un día ya no se le vio salir más de allí y ahora la construcción ha sido prácticamente engullida por la flora silvestre.
Me asomo por última vez al bosque. Basta con concederles tiempo a las plantas para que terminen imponiéndose a los (no tan) imponentes rascacielos de metal y cristal. Un correctivo frente a nuestras vanas ilusiones de eternidad.