Ahora hay que hacer las frases largas y retorcidas, encabalgar los verbos y los adjetivos, elegir sujetos que mezclen las voces y cambien los escenarios, hablarle al teléfono sin que haya nadie al otro lado, y escucharle también, soltar ideas como haces muchas fotos y no las miras nunca, volver al pasado pero sin rebobinar, adelantarse al futuro, yuxtaponer mucho, así como para que no te entienda nadie, pasar de la literalidad a la improvisación, que no se te vea venir la rima, incluso dejar alguna errta… Hay que practicar narrativas desbocadas si lo que quieres es demostrar que no ha sido una máquina la que ha escrito todo esto. Cambia la forma de escribir y cambia la forma de leer y como consecuencia también de pensar. Se siguen buscando con desesperación historias que despierten emociones que no resulten tan fugaces como las demás, con las que poder consolarte o flagelarte a solas después, sobre todo se buscan historias que te den la razón en aquello que tú ya sabías, unas con la ayuda de la inteligencia artificial y otras con la de la experiencia, tuya o prestada. Las matemáticas conquistan la literatura, los números les ganan a las letras y para demostrar que no eres un robot que se pase el día dándole a aceptar a todo, al final, te tienes que asomar más.
Mientras los ingenieros del lenguaje buscan los algoritmos que permitan replicar el talento, o por lo menos que capten la atención y la lleven a donde más les interesa, hay un tipo de historias que, por su natural condición, suelen alcanzar la mayor de la grandezas que se pueden encontrar en un relato: cualquiera que le cuente un abuelo a su nieto.Se dan aquí todos los condicionantes para mezclar experiencia y ficción, afecto y distancia, lo público y lo privado, la evocación de recuerdos ajenos y la construcción de los propios a partir de una ficción compartida.El abuelo le cuenta al nieto por qué tuvo que exiliarse y no hay asistentes virtuales ni memorias externas capaces de guardar la emoción que viaja por las generaciones. La tecnología no puede descifrar la magia de esos relatos, una forma de comunicación que forma parte más de la biología que de la historia, y, en cambio, la política se atreve ahora a legislarla. Y a por la siguiente bronca.
Dice Feijóo que aprobar la ley de nietos, inquietante expresión, es adulterar el censo.Los jueces le deben de mirar pensando que cuánto ayuda el que no estorba. No quiere el PP que voten los descendientes de los espaloles que tuvieron que huir de su propio país por culpa de la Guerra Civil por el mismo motivo que no quiere que se exhumen las fosas comunes ni se cambien los nombres de las calles que se dedicaron a los generales que forzaron ese exilio, llenaron esas fosas y se adueñaron de esas calles. Tanta insistencia en no mirar al pasado, sobre todo ahora que ellos mismos confiesan tener cada vez más cosas en común con la ultraderecha reaccionaria, lleva a pensar, aunque no quieras, que igual es que tienen algo que ocultar. Del silencio nacen la mayoría de las culpas y casi todos los cómplices. Que hace unos pocos años el PP dijera exactamente lo contrario de lo que dice ahora ya casi ni llama la atención.Sorprende más, al menos a mí, que consideren que les va a perjudicar electoralmente la ley de nietos porque dan por supuesta la teoría del agradecimiento, que sepan con tanta certeza a quién van a votar los nietos de los exiliados porque sus abuelos les contaron batallitas, aunque fueran más analógicas que digitales, en las que ellos aparecen como los malos y les va a llegar una venganza a través del tiempo por la vía de la papeleta, algo que, como es lógico, les da mucho más miedo que si de ejecutarla se encargaran jueces o policías.
Sobran ejemplos en la vida en general y en la política en particular de lo fugaz que resulta el agradecimiento. Lo debería saber Feijóo mejor que nadie, ya que de alguna manera es nieto político de Fraga, que como abuelo podía contar muchas batallitas, de hecho algunas explicando el porqué del exilio y otras de cuando iba a visitar a los exiliados y les prometía ayudas para el regreso a su tierra. El agradecimiento es algo tan relativo, tan personal, que no lo pueden contemplar ni siquiera los algoritmos más avanzados. Ahí están los militares que votaban a Podemos, los obreros que idolatran a Abascal, los migrantes racistas, los leoneses que se sienten más seguros gobernados desde Valladolid, los políticos que cogen nuestra papeleta y no vuelven a mirar atrás y los jóvenes que pillan los 400 euros del bono cultural y los emplean en ir a los toros a gritar «¡Pedro Sánchez, hijo de puta!».
Quizá la de Feijóo es, más que la del agradecimiento, la teoría de los impares, por la que el hijo va a votar lo contrario que el padre y al nieto, entonces, le tocaría votar lo mismo que al abuelo. Vuelve a demostrar que confía muy poco en sí mismo. No contempla la posibilidad de que el nieto recuerde, entre otras enternecedoras historias, lo que su abuelo le contaba que era el socialismo, los motivos que le llevaron al exilio, y se espante al comprobar en qué lo han acabado convirtiendo por aquí.