La última impertinencia de los ingenieros en el nuevo periodismo digital dice que es malo tener muchos seguidores si muy pocos interactúan con tus publicaciones. El dios Google entiende que has comprado seguidores y pasas a ser un mindundi del algoritmo, ¡piltrafilla!, aunque hace cuatro días, en las entrevistas de trabajo, miraban la cantidad de fieles de los que presumes en tus redes sociales más que tu currículum. Hace otros cuatro días era lo contrario y probablemente hace ocho lo contrario de lo contrario, que en ese canibalizado sector no quiere decir necesariamente lo mismo. En realidad la de los seguidores es la última impertinencia sólo para mí, claro, que para variar no me había enterado, pero los linces digitales, como siempre, ya lo sabían antes de que sucediera. Cuando crees entender algo, te lo cambian y además te llaman tonto, componiendo una montaña rusa controlada por piratas y trileros de la que puedes salir despedido en cualquier momento. El periodismo digital, perdón por lo que me toca, tiene mucho más de digital que de periodismo. Ahora ha cambiado todo tanto que ya no se debe responder a las cinco preguntas clave (¿Quién? ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Dónde? ¿Por qué?) en el primer párrafo, como me enseñaron en la facultad que tanto dinero les costó a mis padres, sino que no se deben responder hasta el final para que el lector pase más tiempo conectado, así que lean hasta el final que les daré un caramelito.
Como al que más me aborrecen esos vomitivos titulares que rezan "El restaurante leonés en el que puedes comer un cachopo de metro y medio" o "El pueblo de León en el que hay más solteros que gatos", pero es una lotería a la que estamos obligados a jugar, queramos o no, los que nos dedicamos a esto. Tienes que adaptarte a sus reglas y, cuando por fin te adaptas, te parece escuchar un "¿Pero de qué reglas hablas, pringao?". Obviamente, lo de no poner en el titular el nombre del lugar en cuestión es un trampa naïf para que el lector, al que terminan de deshumanizar llamándole ahora usuario, tenga que pinchar, pero también es cierto que tiene su parte positiva: a los ofendiditos se les debe recordar que la técnica sirve para que no empiecen a opinar, como habitúan, leyendo sólo el titular. Se trata de una práctica que algunos creen haber inventado ahora, rodeados como estamos de visionarios, pero que, bien pensado, ya se inventó Cervantes con su "de cuyo nombre no quiero acordarme".
Para conseguir seguidores hacia destinos cuyos nombres ellos mismos aún desconocen se organizan cada año numerosas ferias de turismo, entre las que destacan dos: Fitur, que se celebra en Madrid con ínfulas de internacionalidad y destinos exóticos al otro lado del planeta, e Intur, dedicada al turismo de interior, que debe de ser todo lo que hacemos cuando no estamos trabajando ni en la playa: por estas latitudes básicamente el 99 % de nuestro tiempo. En otro claro ejemplo de que la estrategia para parecer más capital es replicar lo que se hace en otra capital mayor (otro claro ejemplo, a su vez, de complejos provincianos) en esta comunidad la feria turismo de interior, por lo que sea, se celebra siempre en Valladolid, centro de todos nuestros interiores y exteriores y hasta sede de la Federación de Montañismo, aunque no tenga montañas ni supere siquiera los 1.000 metros en toda la provincia. Eso no evita que, cada año por estas fechas y si asoman las elecciones, como es el caso, todavía más, toda nuestra clase política se pasee por esa moqueta tan insufrible que te deberían convalidar una etapa del Camino deSantiago solo por ir de un stand a otro. Los organizadores no confinan su gallina de los huevos de oro, claro, por mucha gripe aviar que nos amenace, porque han conseguido algo así como que se pase lista negra: el político que no acude queda mal y el resto le hacen más bulling mediático que a Juan del Val, del que se puede discutir si es más cuñado o más facha pero desde luego no es novelista. Al tiempo, han fomentado eso que tanto nos gusta y tan poco nos cuesta, compararnos, de modo que los stands se miran unos a otros por encima del hombro y resulta que la gente también entiende no sólo de si son grandes o pequeños, sino incluso de si éste es cutre y aquél molón.
Con el mundo en la palma de tu mano, con la ansiedad permitiendo que antes de salir de casa elijas el asiento de tu avión, veas la habitación de tu hotel, sepas el nombre del taxista que te llevará y las calles por las que pasearás, con las obligaciones, otras más, de hacer nosotros lo que antes era trabajo de las agencias de viajes (¡ánimo, resistentes!), resulta difícil imaginar quién toma hoy decisiones para sus próximas vacaciones a partir de algunas de estas ferias de turismo que viven de la debilidad de algunos de nuestros cargos institucionales, que se nutren casi exclusivamente del dinero público y que ya ni siquiera abastecen a los coleccionistas de folletos. Intur y Fitur sobreviven como pasarelas del paletismo, de interior y de exterior, pese a que ni siquiera tienen nada que ver con el turismo que masifica los mejores destinos, satura las calles del centro de mi ciudad y dispara el precio de los butanos. Pero los profesionales del sector hacen contactos, se suele decir, un argumento repetido que es toda una cuestión de fe, como el número de lectores este artículo. El próximo giro será que cobrarán a nuestras instituciones por anunciarse e iluminados del márketing digital que hablan español pero con muchas palabras en inglés les recomendarán que no sean cutres dando el nombre de su tierra, sino mejor algo en plan: "El destino que te fascinará porque hasta las aspirinas infantiles llevan pimentón". Aquí, la verdad, lo lleva hasta el caramelito que había prometido.