Sé que llego demasiado tarde con el consejo, pero hasta mañana lunes, 5 de enero, se puede visitar en la iglesia de Palat del Rey una maravillosa exposición sobre piedades. Se ha organizado con motivo del 275 aniversario de La Piedad de la iglesia de San Martín (bajo cuya mirada supongo que nació y murió mi fugaz vocación religiosa), a la que se dedica esta muestra en la que hay un apartado inicial para explicar los detalles de la vida y obra de su autor, Luis Salvador Carmona.
La exposición se titula ‘El dolor esculpido’ y estoy seguro de que me gustó tanto porque me la explicó Ángel Suárez Corrons, que presume de ser seise de la cofradía de Minerva y Veracruz casi tanto como yo presumo de ser amigo suyo. Ha sido uno de los impulsores de esta reunión de piedades llegadas de toda la diócesis de León. Sus palabras transmitían tanto entusiasmo que, sumado a que me personalizó la versión corta de la visita guiada y me contó jugosas curiosidades de la que es la iglesia más antigua de León, salí de allí ciertamente eufórico para invitarle, a cambio, a una caña en La Rinconada, uno de esos pocos bares que quedan en el Barrio Húmedo con el aroma de lo que en tiempos fueron los bares del Barrio Húmedo. Me enseñó que en Palat del Rey, durante muchos años, la cofradía de Minerva guardaba sus pasos con el pequeño inconveniente de que ninguno de ellos cabía por la puerta, motivo por el que cada vez que iba a empezar la Semana Santa tiraban una pared exterior para poder sacarlos y, como el mismísimo Cristo, la pared resucitaba cuando terminaban las procesiones. «Se conoce que no debía de haber entonces ninguna Comisión de Patrimonio tocando los cojones», me dice entre risas el seise.
Aprendí también que la Piedad es una imagen religiosa relativamente reciente, porque no hay referencias hasta aproximadamente el siglo XV, cuando quisieron que la Virgen se mostrara más humana a través del sufrimiento de tener a su hijo muerto en brazos. En ‘El dolor esculpido’ se pueden ver piedades muy distintas entre sí, de las más humildes traídas desde pequeñas iglesias de los Oteros o las más recientes y ostentosas en las que Jesucristo, con perdón, parece otra víctima de los excesos de gimnasio, pruebas todas ellas de que La Piedad es una imagen trascendental para esta ciudad y esta provincia, porque piedades son las dos patronas más veneradas por los leoneses, una en la iglesia del Mercado y otra en el Santuario de La Virgen del Camino, de las que se exhiben sendas réplicas.
Agradecido, dejé a Ángel Suárez y me fui escuchando la mística cani en que se ha convertido la ahora casta Rosalía y pensando en piedades, en lo hermoso del verbo apiadarse, en lo poco que se practica y en si no sería un perfecto anacronismo dedicar una exposición en esta época a la Virgen con el cadáver de su hijo entre los brazos cuando se supone que estamos celebrando su nacimiento, pero recordé las palabras de mi amigo: «La Semana Santa digamos que no es precisamente lo más religioso que he visto en mi vida». Y sabe de lo que habla. Supongo que la Navidad aún menos. No es que fuera levitando por la calle, pero sí que me había puesto intenso e iba pensando en la forma de vivir la religión a lo largo de la historia y la importancia de la iconografía cuando la gente no tenía un teléfono entre las manos con el que cree que lo puede ver y saber todo. Había quedado en los caballitos que estos días reparten su estruendo por toda la ciudad. Miré a mi alrededor y, pese al atronador burrito sabanero que sigue eternamente camino de Belén, no me pareció detectar piedad por ninguna parte. Allí nadie se apiadaba de nadie aunque la Navidad se supone que despierta la felicidad, la solidaridad y los mejores sentimientos del personal. No es que me quedaran dudas, pero lo comprobé sobre todo en el momento en que sonaba una sirena indicando el cambio de turno y los padres trataban de colocar a sus hijos en los deseados coches de choque. Cuando intenté sentar al mío en uno de ellos, una madre que a buen seguro no se llamaba Piedad me ofreció una mano de hostias que no llegó a consumarse pero que hizo saltar por los aires todo el misticismo que tímidamente me embriagaba. Piedad, sí, piedad... Como en Villamanín. Como en Caracas. En medio de la confusión, sin que se lo hubiera pedido, salieron en mi defensa la versión femenina de Pepe y Sergio Ramos en los córners, cuando aprovechaban para ajustar las cuentas pendientes de otras jugadas. Las voces llegaron a tal punto que, pese al volumen desobitado, casi no se escuchaba al burrito sabanero de los cojones. Me fui de allí tan perdido que estuve a punto de meterme en una iglesia en busca de clemencia, de paz o por lo menos de un poco de silencio, pero del interior del templo salía el mismo villancico y, por si fuera poca crueldad, por si fuera poca piedad, en la versión de David Bisbal. Recordé entonces la letra de El Último de la Fila, cuyo regreso a los escenarios es para mí, con diferencia, una de las noticias más ilusionantes del año que empieza: «Dios de la lluvia apiádate... de las bestias y de mí». Ya queda menos.