Hay una escena en ‘Antes del atardecer’ (Richard Linklater, 2004) en la que el personaje de Ethan Hawke le cuenta al de Julie Delpy una historia de cuando los nazis ocuparon París y quisieron volar por los aires Notre Dame. La catedral se salvó, exponía Hawke, porque el soldado encargado de efectuar la voladura se quedó fascinado por su belleza y no fue capaz de apretar el detonador. «Es una gran historia. Pero hay que pensar que Notre Dame desaparecerá algún día».
Efectivamente, todo es finito, pero lo olvidamos continuamente. Pensamos que vamos a agotar nuestros días más allá de cualquier perspectiva realista y, de igual manera, damos por hecho que las cosas, los monumentos, van a estar ahí para siempre. Pero las ciudades cambian, mucho más deprisa de lo que imaginamos. Palacios de la antigüedad fueron destruidos para hacer sitio a una estación de tren y rascacielos que se levantaron imponentes apenas llegaron a un par de décadas de existencia, ante la presión por sustituirlos por un parking.
De esto habla, entre otras cosas, la exposición ‘Paseando por el tiempo’, que acoge el Palacín de la Azucarera hasta finales de mes. Una selección de fotografías tomadas en la ciudad de León en un periodo de 100 años, entre mediados del siglo XIX y mediados del XX, que contrapone las imágenes históricas con otras de la actualidad.
La muestra, que admite muchas visitas, transmite un dinamismo que no siempre hemos sido capaces de ver aquí. Cuando, a la vista de las imágenes, León siempre ha estado transformándose y mutando. Prueba de ello es la fuente del Parque de San Francisco: Uno la ve ahí y piensa que aquel fue siempre su lugar. Pero ya desde la imagen inaugural de ‘Paseando por el tiempo’ se descubre su peripecia: ubicada en un primer momento frente a la Catedral, en la Plaza de Regla, fue después trasladada a la Plaza Mayor, hasta que encontró frente a los Capuchinos su acomodo… iba a decir definitivo, pero nada asegura que no haga otro viaje o desaparezca como estuvo a punto de hacer Notre Dame hace unos pocos años.
Algo parecido sucede con las imágenes de la Iglesia de San Juan y San Pedro de Renueva, con su portada traída desde el monasterio en ruinas de San Pedro de Eslonza, o con el antiguo santuario de la Virgen del Camino, bajo cuyas dos torres se celebraba la romería de San Froilán hasta que se decidió sustituirlas por la vanguardista basílica actual. Es precisamente esa sensación de fragilidad, de polvo en potencia, lo que hace que estas fotografías se te peguen a las retinas y sigan ahí mucho tiempo después.