«¿Alguien puede recomendar una serie chula?». Aquí y allá, periódicamente, desconocidos y personas cercanas nos asaltan con la misma petición: qué ver, qué escuchar, qué leer. Tampoco explican qué andan buscando porque, en realidad, ni ellos mismos lo saben. «No sé, algo para matar el rato». Cualquier cosa, pero tampoco cualquier cosa.
La gente entra en Netflix como quien entra en un prostíbulo o en una iglesia. Con una necesidad que satisfacer, aunque sea incapaz de nombrarla. No es como ir al mercado a comprar unas berzas y un espinazo: ahí uno sabe exactamente para qué va –un caldo gallego; qué bien entraría ahora, humeante, con estos calores–. Lo otro pertenece al territorio de las insatisfacciones difusas.
«¿Alguna recomendación de una peli de Netflix?».
No saber qué ver es uno de los síntomas más evidentes del absoluto derrumbe del gusto. Solemos culpar a la oferta –o, mejor dicho, a su exceso–, cuando el problema está también en la demanda. Actuamos como si estuviésemos condenados a consumir aquello que nos ponen delante, cuando en realidad apenas exploramos. No descendemos por las galerías del conocimiento como esos espeleólogos que se internan en Krúbera-Voronia, la cueva más profunda del mundo, con más de dos kilómetros de oscuridad bajo las montañas. Preferimos dejarnos arrastrar por el algoritmo, que únicamente ofrece repeticiones y variaciones de lo ya consumido, cegando posibles caminos alternativos en los que perdernos y descubrir.
Pero tampoco conviene subestimar la capacidad de las plataformas para fabricar y distribuir bazofia. Hace poco vi el tráiler de una nueva versión de ‘Nueve reinas’, la película de Fabián Bielinsky que anticipó el ‘boom’ audiovisual argentino en el año 2000 y que ahora regresa en clave madrileña. La anemia imaginativa no es patrimonio exclusivo de estas producciones: ahí están también los ‘remakes’ con actores de carne y hueso de los grandes clásicos de animación de Disney.
«Tienes el gusto atrofiado», me decía algún ancestro, creo que la propia Ma. Y así sucede: Igual que el corazón se fortalece y ensancha con el ejercicio, el gusto también se educa o cae en la hipoplasia. Tumbados en el sofá, pulsando compulsivamente el botón de avance del mando a distancia mientras desfilan ante nosotros interminables saldos audiovisuales, nuestra capacidad para distinguir la belleza de la fealdad acaba apagándose como la luz en Krúbera-Voronia.
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