Si España fuera un donut /Madrid no existiría / y Albacete tendría una playa / y tú y tú y tú y tú estarías ahí a la verita mía»... cantaban Los Mártires del Compás.Nos adentramos en esa época del año en la que muchos madrileños, habitantes del agujero del donut, se acuerdan de que existe la vida al otro lado de la M-30, para tomar el fresco o para encontrar noticias, dos asuntos que suelen estar más relacionados de lo que parece. Siempre hay renegados: «Pues en verano en Madrid se está muy bien, que no hay casi gente y se puede encontrar mesa en los restaurantes y aparcar a la puerta». Jo, qué envidia. Pues hala.
En la búsqueda de noticias que no tengan que ver con el calor que desprende Isabel Díaz Ayuso ni con las duchas de su jefe de gabinete, a menudo suenan los teléfonos de los medios que ellos llaman «de provincias» para pedir imágenes de algunas de las muchas noticias surrealistas que por aquí nos brotan de los bolsillos. La gente de la televisión vive tan endiosada que da por supuesto que todos sabemos quiénes son y a qué se dedican y que es un reconocimiento a toda nuestra trayectoria profesional que tengan la deferencia de contactarnos para pedir un número de teléfono o un vídeo. Yo reconozco que repito siempre lo mismo:
–¡Hola! Mira, ej que te llamo del programa de Sonsoles para que nos paséis un vídeo que hemos visto en vuestra web.
–¿Quién es Sonsoles?
–Sonsoles Ónega.
–Estupendo. ¿Y quién es Sonsoles Ónega?
–Pues la presentadora de ‘Y ahora Sonsoles’.
–Ah. Pues no tengo ni idea.
–Se emite por las tardes en Antena 3.
–Ah. Pues sigo sin tener ni idea.
–Y ha ganado un premio Planeta.
–Ah, sí, creo que ya sé: es la que lleva como una especie de nido de cigüeña en la cabeza, ¿no?
–Sí... supongo. Te doy la dirección para que nos paseis el vídeo. ¿Tienes para apuntar?
–Te doy mi número de cuenta. ¿Tienes para apuntar?
–Pensábamos poner vuestro logo.
–Y supongo que mandarnos un caramelito, ¿no?
–Puedo hablar con producción.
–Dales mi número si quieres.
Nunca vuelven a llamar. La metodología se repite si el programa es de Ana Rosa, de Susanna Grisú (hay que desconfiar, en general, de los programas que se llaman como su presentadora), o te hablan de unas siglas que, como los militares, creen que todos sabemos, tipo DAG, ARV o SLQH, o de cualquier productora. Te preguntas cuánto tienen que cobrar las estrellas de la televisión (y de la literatura, por lo que parece) para que no les queden ni unas migajas de presupuesto para comprar un vídeo de una noticia tan relevante como la aparición de un ataúd en una calle o el parto de una vaca con tres jatos. Te llaman con la actitud de que su llamada fuera lo más interesante que te ha pasado en los últimos años pero, si lo pensaran, son ellos los que están teniendo que buscar la originalidad al otro lado de la M-30 porque ya no pueden exprimir más el hedor que despiden los parlamentos.
Por ese motivo, Iker Jiménez estuvo a punto de abrir una corresponsalía en León para su Cuarto Milenio, aquel programa que era una desperdigada reunión de frikis en la madrugada del domingo y a través del que se puede apreciar lo rápido que han cambiado los tiempos: ahora se emite a diario, lo que indica que ha crecido el número de frikis, y ha dejado de buscar fantasmas para sentarlos a la mesa. Su protagonismo en la política nacional, sus loas a un individuo que considera haber mejorado su imagen por pasar de corrupto a chivato con la connivencia de sus satánicas señorías, indican hasta qué punto se ha degradado la profesión. Luego se preguntan por qué el periodismo ha perdido credibilidad y en realidad es bastante sencillo: dejaron de ejercer de periodistas para convertirse en influencers con acreditación y en este país empieza a hacer falta un superhéroe anónimo que persiga y humille públicamente a influencers de toda calaña. Puede contar con mi espada.
Quizá por eso el agujero del donut es cada vez más grande, porque desde allí creen que el resto de España gira a su alrededor cuando, en realidad, hace tiempo que dejaron de ser el centro de este país para convertirse únicamente en el ombligo. Y ya se sabe que quien solo se mira el ombligo acaba sin ver el paisaje y teniendo que pedir ayuda para conocer el paisanaje. Creen que España termina donde acaba el cercanías y el resto somos figurantes de una película que protagonizan ellos, «rancios cronistas locales», que diría Luis Mateo Díez.
–¿Luis Mateo Qué?
–Nada, tú sigue haciendo abdominales, pava.
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