Todos lo estiramos lo que pudimos, pero sin duda Gonzalo y Pablo fueron los plusmarquistas. Ponerle fin a un Erasmus no es fácil porque por un lado sientes la pasión del estudiante cuando dices «te voy ir a ver seguro» y por otro la resignación del jubilado cuando dices «ojalá coincidamos algún día». Durante el curso descubres la inmensidad del mundo gracias a tus nuevas amistades, todo te parece tan posible como imposible, pero en el momento de las despedidas el planeta vuelve de forma brusca a sus medidas, un Big Bang del revés, y da igual que seas polaco, griego o portugués porque te resulta insoportablemente claustrofóbico. Por eso todos íbamos retrasando el momento del regreso, inventándonos exámenes de última hora, fiestas a las que no podíamos faltar o viajes de fin de curso (como si el resto del año no lo hubiera sido) que pusieran la guinda a una experiencia así. «Daros cuenta», turraba yo al personal por entonces, «que esto no vuelve».
Los exámenes acabaron a primeros de junio y yo estiré el Erasmus hasta finales de ese mes. Pasé de escribir desde el parque de Vila Borghese a escribir desde el corro Villafañe. Algunos de mis compañeros se adentraron en julio o aprovecharon para recorrer Europa antes de volver a casa, pero Pablo yGonzalo establecieron la plusmarca: mediados de agosto. Sólo podrá batir ese incontestable registro quien haga dos Erasmus seguidos. Se iban mudando de un lado a otro, apurando alquileres que habían dejado pagados por toda la ciudad los amigos que ya se habían ido, y empezaron un viaje en tren inolvidable desde Roma hasta Madrid. Vinieron tan de tirados, acampando en las rotondas y comiendo bocadillos, que la última noche, en Barcelona, les sobraba dinero. Cualquier persona coherente hubiera ido al McDonald’s y se hubiera cogido una pensión, pero aquello sí que era el final de los finales por necios que se pusieran, el momento del que tanto tiempo habían estado huyendo, así que Gonzalo y Pablo decidieron celebrarlo: se fueron a uno de los mejores restaurante de la ciudad, Can Costa, se pusieron las botas por todo el hambre que habían pasado durante el viaje (pulpo a la brasa, butifarra con munchetas, arroz del señoret y lo que haiga falta), dejaron una generosa propina al camarero por el buen trato recibido y, al salir, le preguntaron si aquél era un barrio tranquilo para dormir en la calle. Eso es actitud.
Entre los muchos momentos estelares de su viaje, me acordé esta semana del que protagonizaron en Montecarlo. Con sus pintas de tirados, en bermudas y chanclas como los protagonistas de ‘Pulp Fiction’, no se hicieron fotos junto a los cochazos ni frente a las mansiones, sino siendo expulsados del famoso Casino. Primero intentaba entrar uno y, cuando el trajeado portero le echaba el alto, el otro inmortalizaba el momento. Luego, viceversa. Hay determinados lugares donde te da mucho más prestigio ser expulsado que admitido.
Ese mismo ha debido de ser el razonamiento de las instituciones y los partidos leoneses que han decidido presentar la candidatura de la ciudad a acoger la sede de la Agencia Española de Salud Pública. No cumplimos prácticamente ninguna de las condiciones que se exigen, pero parece que alguno quiere hacerse la foto de la decepción, como Pablo y Gonzalo en el Casino de Montecarlo pero sin ninguna gracia, sólo con la esperanza de rentabilizarlo en votos. De la frustración que generará la negativa ya nos preocuparemos el resto. Total, no se va a notar porque de eso sí que tenemos para exportar. De hecho, la que nos podían conceder es la sede de la Agencia Española del Enfurruñamiento.
Como al que más me gustaría que la realidad me hiciera un ¡zas! en toda la boca, como el que más sé que hay que luchar y llorar para conseguir determinados objetivos, pero duele ver cómo se juega, una vez más, con las ilusiones de los leoneses. Claro que tenemos argumentos y claro que el Gobierno dice apostar por la descentralización, pero a la hora de la verdad a Soria, donde el viento no encuentra cuerpos que lo frenen, se va el Centro Nacional de Fotografía, en el que algún día trabajarán cincuenta personas, mientras que la Agencia Espacial Europea, a la que también aspiramos en su día y en la que ya trabajan casi 3.500 personas, se instala en Sevilla, donde los cuerpos se caldean sin la necesidad de rozarse. Luego sale la ministra Diana Morant diciendo que Sevilla tiene un color «espacial» y la verdad es que nos seguimos partiendo todos de risa.
En colegios y universidades se enseña ahora a gestionar la frustración y quizá en eso algo podríamos aportar los leoneses. Si nos abren una facultad del Enfurruñamiento sobrarían profesores acreditados.Aquí los bares están llenos de ese tipo de catedráticos. El resultado de que nos hayan engañado tantas veces es que esta semana anunciaron la creación de una fábrica de drones militares (muy socialista todo) y aquí no se lo creía nadie.Dice mucho de los leoneses pero dice aún más de nuestros políticos. «Será lo primero que bombardee Trump de la provincia» y «¿Los drones esos van a salir volando de Villadangos o también tendrán que pagar el peaje de la León-Astorga?» fueron algunos de los comentarios a propósito que avalan nuestra candidatura a acoger la sede de la Agencia Española del Enfurruñamiento.
Gila quería acabar con el enemigo a base de indirectas y hay enfurruñamientos que se comportan igual: los leoneses se enfurruñan porque les van a enterrar unas vías y les traen una fábrica de drones militares. Si lo pones una balanza y tu única ética es la economía es posible que salgas ganando pero es seguro que te están usando, más aún si crees en la casualidad de que el anuncio llegue la misma en la que se convoca una manifestación. El de Feve es un enfurruñamiento tan justificado que explica todos los demás, por lo que simboliza más allá de autobús o tranvía o si el problema es sólo el tramo urbano cuando no resulta mínimamente fiable toda la línea: el problema es la acumulación de las mentiras y, sobre todo, el desprecio con el que las han ido soltando hasta desmantelar un tren más hermoso que cualquiera de los que pudieran coger Pablo y Gonzalo para volver desde Roma. Por eso miles de leoneses salen hoy a la calle a protestar. Normal que se nos ponga cara de enfurruñamiento, el enfado instaurado en el carácter, el entrecejo tan tenso que cualquier día no podremos siquiera arquear las cejas para saludarnos.