Lo que me inquieta de ‘El adversario’, de Emmanuel Carrère, no es lo absolutamente lejano que es su historia (que lo es), sino lo absolutamente identificable que resulta.
En su relato de la vida de Jean-Claude Romand, Carrère establece un punto de inflexión: en su segundo año en la universidad, Romand no fue a uno de los exámenes en la facultad de Medicina, donde estaba matriculado. A partir de ahí, la espiral empezó a girar violentamente: Romand no le dijo nada a sus padres ni compañeros y no volvió a presentarse a ninguna de las pruebas. Así y todo, hizo como si fuese avanzando de curso realmente avanzando de curso. La farsa se ensanchó y comenzó a trabajar en la sede de la Organización Mundial de la Salud, en Ginebra, a donde se marchaba todos los días. En realidad, Romand pasaba sus días en estaciones de servicio o en hoteles. Obtenía dinero de la venta de inmuebles de su familia y de ‘préstamos’ que le hacían ésta y sus familiares y que, en teoría, invertía en bancos suizos, para en realidad quedárselo y mantener su elevado nivel de vida. Tras muchos años viviendo esa vida falsa, cuando su mentira estaba a punto de ser descubierta, mató a su mujer, a sus dos hijos, a sus padres y a su perro, e intentó suicidarse quemando su casa, pero sobrevivió.
La historia de Romand, uno de esos bombazos mediáticos de finales del siglo pasado, más su posterior juicio, es uno de esos ejemplos que prueban que la realidad es netamente superior a la ficción. Nos fascina no tanto por lo exótico de la trama como por su proximidad. Contaba Luis Roldán a Fernando Sánchez Dragó que su carrera delictiva comenzó una vez que se quedó una cantidad ridícula, unas 5.000 pesetas, y que a partir de ahí todo fue cuesta abajo. La mentira, como cualquier forma de corrupción, tiene un desarrollo similar: se empieza con una fruslería, un pequeño detalle y, cuando te quieres dar cuenta, sobre esa pequeña base se ha edificado toda una pirámide. Romand, el cual sigue vivo y está libre después de habérsele conmutado la cadena perpetua, es un monstruo. Ciertamente uno narcisista y manipulador que habla de la necesidad humana de construirse una imagen que proyectar a los demás. Pero es también una encarnación de todo lo que podemos llegar a construir a partir de la negación de la verdad. Y eso, en una época en la que ésta palidece y se marchita, es toda una lección para afrontar el mundo salvaje en cual estamos ya inmersos.