Como cada sábado, aunque este último lo hice con poco de retraso debido a otras obligaciones, me encontré de nuevo con un considerable grupo de personas, con arraigo en los pueblos por donde pasa el irrenunciable tren de Matallana, mostrando su interés por que el querido ferrocarril finalice su recorrido en la estación de León. Todo ello, generosamente, acompañado de unas viandas que Manolo y compañía repartían entre los presentes, todo ello sin bajar la guardia en cuanto a las pretensiones puestas de manifiesto esperando que tal manifestación semanal llegue a los oídos de quienes tienen lo medios para conseguirlo. Mientras esto acontecía salieron a colación anécdotas y recuerdos de aquellos años en los que la querida estación, con sus empleados y viajeros, daba vida a la ciudad, sobre todo a los establecimientos y comercios en las cercanías que proveían de todo lo necesario que en las localidades y usuarios del ferrocarril no estaba a su alcance. Mientras este ambiente se llevaba a cabo volvían a nuestra memoria las llegadas de los trenes con muchos viajeros y con mozos de tren ofreciendo el traslado de maletas y bultos a los lugares, generalmente pensiones y casas de familiares, donde iban a pasar la noche, cuando no era posible volver en el día. Aunque con la edad que tengo no puedo olvidar lo que supuso aquella estación llena de vida para todo lo que se movía a su alrededor. Al lado de lo que vengo contando cuando paso por lo que fue mi calle, calle de renueva, no puedo olvidar el kiosco que la señora Melchora regentaba, y que, generosamente, me dejaba leer los últimos números de nuestro ídolo del momento: “El Capitán Trueno”, sentado en suelo del kiosco ávido de conocer como finalizaba la aventura que provenía del numero anterior en la que la cimitarra del musulmán amenazaba la vida de nuestro héroe. Aunque fui un niño con poco cuidado a la hora de coleccionar cuentos (también les llamábamos TBOS) todavía conservo alguno de ellos. Esto viene a colación por la petición que, como consecuencia de un trabajo encomendado a mi nieta de 9 años sobre comics antiguos en el colegio (nosotros nunca les llamábamos así), fue donde encontré algunos ejemplares del citado personaje el cual, siempre arropado por el forzudo Goliat, el joven Crispín y la presencia de la Bella Sigrid, llevaban por bandera el ser españoles por los cinco continentes. Así, y de esta manera, me acerco a la gente de mi generación que tanto disfrutamos con aquellos cuentos como comentaba el otro día con un contemporáneo, y amigo Raúl, refiriéndome a los tomos que me dejaba de cuentos encuadernados, los cuales cuidaba como si fueran oro del bueno. Después llegó la televisión, pero eso es otra cuestión para otro día y sin tanto cuento. Siento como algo mío el reciente cierre de uno de los últimos kioscos
existentes en nuestra ciudad, como ha sido el histórico de la plaza de inmaculada.
Adiós Kioscos, adiós
21/04/2026
Actualizado a
21/04/2026
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