Sin querer deslegitimar los avances de la vida, los recuerdos siguen estando presentes en casi todas las conversaciones que seguimos manteniendo con los amigos y amigas de siempre y que hoy, como el que esto escribe, seguimos sacándolas del baúl, o el desván quien lo tuviera, de lo que hemos vivido, o eso nos parece, porque a tiempo pasado todo nos parece verlo , o pensarlo, en technicolor, y espero que lo sigamos contando, nunca mejor dicho, en cada encuentro con los amigos, ahora que las obligaciones laborales retribuidas han quedado en el olvido.
Yo lo practico casi todos los domingos con mi amigo Enrique (no digo el apellido porque le descubro mucho), con vivencias parecidas, aunque con diferentes protagonistas de las múltiples historias que desempolvamos y repetimos sin cesar, aún a riesgo de modificar constantemente lo que fue, o pudo haber sido y que, en la mayoría de los casos, solo son recuerdos de lo pasado o imaginado. La mayoría de las conversaciones, mientras tomamos un café en alguna localidad cercana, a poder ser, y si el tiempo lo permite en la terraza, versan sobre el querido séptimo arte, mientras nos paramos paseando por delante de lo que fue el cine Morano que, a pesar de ser un pequeño cine de la localidad cercana a la ciudad, me refiero a la Virgen del Camino, cumplía una labor social, dando cobijo a parte de las soldadesca de la Base de Aviación, a la que pertenecimos, sobre todo a los foráneos, así como a parte de aficionados leoneses que acudían a ver alguna de las películas que la empresa Elde no proyectaba en León, creo, por desavenencias con la distribuidora, lo cual venía de perlas al mencionado cine, cuando todavía el cine era el rey de la diversión y, como se podía leer en el triciclo que la empresa Elde utilizaba para repartir los rollos de las películas por los cines con la siguiente leyenda: «El cine es el espectáculo más barato», lo cual, en aquellos años, era cierto.
Hoy el cine es técnicamente mucho mejor, pero le falta aquella complicidad que te daba la oscuridad en los enamoramientos, aunque hubiera que estar alerta a que el acomodador no te señalara con la linterna y fueras expulsado con la acompañante como si fueras culpable de haber cometido un delito tipificado en el código penal, por ir contra la moral y las buenas costumbres derivadas de tener el brazo por encima de la espalda de la acompañante.
Siempre me recuerda mi amigo Aladro cuando, por no proyectar la película en León subió con un amigo a golpe de bicicleta a ver ‘Ben-Hur, una superproducción en la historia del cine de la época.
Y así, de esta manera, y sin inteligencia artificial, manteamos vivos aquellos años junto con los que atesoramos, nunca mejor dicho porque, si es artificial, no puede ser inteligencia o eso creíamos.
¡Viva el cine! pero, sobre todo, en pantalla grande.