16/11/2025
 Actualizado a 16/11/2025
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Estaba viendo la semana pasada a Radiohead cuando una idea me atravesó: Hubo un tiempo en que la música era una cuestión de acceso. ¿Quién iba antes a un concierto de Radiohead? Quien había tenido acceso a su música y había caído de hinojos ante ella, como dice la Biblia que hacían los santos ante la divinidad. ¿Y quién podía acceder? La respuesta es algo más compleja.

Estaba, en primer lugar, la maquinaria de los ‘mass media’. Incluso en las radiofórmulas o en los programas televisivos musicales había reductos. Al principio se llamaban “alternativos”, más tarde “indies”, y aunque estuvieran al margen de lo comercial, aquel margen era tan ancho que había lugar para un florido ecosistema. Puede que algún adolescente fácilmente impresionable de un pueblo remoto quedase impactado por la emisión de un videoclip, que su vida cambiase y que decidiese emplear sus viajes a la ciudad en encontrar discos o revistas de su nuevo grupo favorito.

También estaba la influencia de los ‘mayores’: hermanos, primos o vecinos de más edad que, ‘tutelantes’ y educadores, decían: “Escucha esto”. Y, de nuevo, los adolescentes fácilmente impresionables caían seducidos por la música que circulaba en forma de casetes grabadas, primero, y CDs con el emblema “writable”, después. El poder del rebaño también ejercía su efecto, tanto en el sentido del gregarismo como en el de la exclusividad: dos inadaptados —amigos o amantes— encontrando un refugio, una cueva sonora conocida sólo por ellos, donde se sentían protegidos del mundo.

Todo esto se acababa transformando en distintos niveles de fanatismo. Desde quienes sólo prestaban atención a las canciones de moda a los seguidores ‘duros’, que construían su identidad en torno a determinado grupo o cantante, despreciando a quienes se aproximaban casualmente a la música que les apasionaba. Esto es visible con formaciones de larga trayectoria como The Cure: en sus conciertos hay momentos de ‘grandes éxitos’ de gasolinera, pero también de caras B. Precisamente éstas últimas eran las que otorgaban antaño un grado de distinción extra, pues sólo se las sabían los acérrimos que se las habían comprado por métodos complicados: publicaciones de venta por correo, ferias discográficas, tiendas en el extranjero, etcétera. Es decir, otro nivel de acceso.

Ahora eso se acabó y el acceso es universal. Los actuales servicios de ‘streaming’ no hacen distinciones entre lo masivo y lo único. Es más, si un músico tiene un gran éxito con millones de reproducciones, éste terminará arrastrando al resto de su producción. Por el contrario, habrá bandas y solistas que antaño lograban que la gente accediese a su obra y que hoy languidecen en el fondo de la olla musical. Pero ésa es otra -más bien triste- historia.

 

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