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A las cinco de la tarde

09/11/2016
 Actualizado a 09/09/2019
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Ruedo Ibérico era una editorial, donde conseguíamos unos libros que no solo estaban censurados por el Régimen, sino cuya tenencia constituía un grave delito. Ruedo e Iberia, términos íntimamente unidos desde los tiempos en que Viriato retaba a los romanos con los toros.

Pero los tiempos cambian y hoy las rivalidades son entre Podemos contra el resto; el PSOE contra el PP y contra sí mismo y Ciudadanos de árbitro. Para rivalidad, la que se vivía en mi pueblo entre los partidarios de El Viti y El Cordobés. Cuando toreaban, el pueblo se colapsaba. El banco, las tiendas, el cartero y hasta el instituto cesaban su actividad, para ver la corrida en los bares que tenían televisión. En el recreo, los niños jugábamos a toros. El más inocente para embestir y los demás a torearlo, dando los pases de rigor: el natural, el de pecho, la chicuelina, la manoletina y la posición más adecuada para entrar a matar y volver a clase. En principio la plaza la levantaban los mozos con tablones de pino. Más tarde se hizo un flamante coso, adosado a la muralla medieval de la Villa de los Siete Sietes: siete iglesias, siete conventos, casas nobles, puertas…

A las de la tarde, como decía Lorca, eran de ver a los matadores en sus ‘aigas’, la banda entonando pasodobles, las mulillas con banderines y cascabeles, el monosabio con las llaves. Al tendido de sol los chavales nos colábamos por los mismos flancos por donde hace siglos se colarían los moros. El público reía, lloraba o abucheaba al palco, según fuera la cosa. Y, al final, el toro frente al hombre en un incierto ritual a muerte.

Al cabo de unos años, volviendo de la mili, paré en Olmedo y fui a los toros. Era de rejones y, confieso que a duras penas aguanté. La llama se había apagado. Aún respeto la Fiesta, lo que no tolero son esos eventos donde la chusma cobarde se ensaña con el animal, para darle una muerte lenta y cruel. Si ha de morir, que sea con nobleza. Pero, en cualquier caso, prefiero ver morir los toros, a las cinco de la tarde, en la Monumental de Barcelona, que convertirla en un centro religioso pagado por Qatar.
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